martes, junio 20, 2006

capítulo III - (fragmento 5)

Cuando desperté, Yoyes no estaba junto a mí. 8:34pm. Después de la bañera retornamos a la cama dando vueltas sobre el matre como dos gatos caseros. Me levanté con hambre. La habitación estaba a oscuras. El apartamento también. Me puse un pantalón color marrón, que estaba tirado al pie de la cama, y caminé hasta la cocina. Abrí la puerta de la nevera para que la luz amarillenta me dejara buscar la harina de café. Puse la cafetera a hacer lo suyo y busqué algo de comer. No había mucho. Leche, nueve botellas de agua, soya sin preparar en un envase, pepinillos frescos, dos huevos, manzanas rojas, una gota de jugo de uva en una jarra, espinacas apolismadas, Tofú, un pedazo de salmón. Busqué una camiseta negra, México 99, las chancletas metedéo y bajé. En las escaleras me encontré con el vecino. Un tipo gordo, fofo, amorfo, gigante como un gorila, con la piel como grisácea, lampiño, feísimo él. Subía unas cajas. Le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que no, ¡no! no necesito nada, de mala gana, de un tirón. Pues jódete cabrón, quise decirle. Subió hasta el otro piso por las escaleras estrechísimas del edificio, con una caja extra sellada en la cabeza, con los mahones azules a punto de caérsele de la cintura, con una camisa verde oliva, manchada de un sudor apestosísimo. Salí a la calle por las puertas principales del edificio, aunque en realidad es una, la única, pero que abre en dos. Yo digo que la puerta era una copia sanjuanera de las terceras puertas de Ghiberti, las del paraíso, en el baptisterio de la catedral de Florencia. La única diferencia es que las que subían a nuestro apartamento eran rojas, viejas, baratas, de madera porosa, sin relieve alguno, mucho menos con escenas del Antiguo Testamento. Las puertas de nuestro paraíso estaban limpias, con las cuadriculas vacías, listas para empezarlas a esculpir. Se lo dije a Yoyes como tres veces cuando perdíamos la noche sentados en la sala, ella en el sofá único y yo sentado sobre el frío de las losetas.

-Tenemos que hacer algo en esas puertas gorda, tenemos que pintarlas o diseñar alguna cosa, se ven bonitas así pero el acrílico se está despellejando.- Siempre me miraba con la coquetería entre los ojos y se mordía los labios sabiendo que aquello era el botón para lograrme una erección.

-Píntame a mí. Ahí.- Y señalaba donde.

Una fila de asiáticos, con cámaras en manos, vestidos para la noche, seguía la ruta de un mapa editado de los que dan en los cruceros. Otros turistas caminaban en dirección contraria, hacia mí; una parejita de gringos, por aquello de ser más especifico. Ella, una rubia preciosa, lápiz labial rojo granate, tetona, de caderas cuadradas, un traje escotado más negro que el cielo, y unos tennis blancos, feísimos, apestosos sabrá dios a qué; tal vez a nieve derretida. Él, un caballero mayor, flaco, alto como un poste, pálido, canoso, una camisa azul añil de manga larga, pantalón azul marino, corbata rayada azul cielo, azul turquesa, azul cobalto, unas Adidas azul y blanco idénticas a las que tenía Antonio en el hospedaje de Mayagüez. Me pasaron por el lado. Olían a diablo. Me aburrí de verlos. En la esquina un adicto pidiendo dinero bajo un farol de antes. Frente a mí, un dúo espectacular de músculos europeos saliendo del hotel. Los carros estancados en la calle bajo la enredadera de la cablería eléctrica que brinca entre edificios, zigzagueando de azotea en azotea. Una gritería de niños subiendo desde la Plaza Colón. Una vieja me miraba seria desde la altura de un balcón al otro lado.

Crucé entre los carros y caminé hasta el Café de la Plaza de Armas oliendo mi aliento, atrapado con las manos entre la boca y la nariz. La plaza estaba llena de niños, de algodón de azúcar color rosa, de árboles con bombillitas multicólor, de pascuas gigantes, de brillo, de bastones de menta no comestibles, de fuegos artificiales que explotaban por control remoto. Doña Ceci me vendió cuatro Quesitos de hojaldre y una Mayorca que se veía deliciosa desde el otro lado del cristal de la vitrina. ¿Café? ¿Chocolate caliente? ¿Capuccino? No, gracias, eso es todo. La doña estaba de lo más emperifollada, maquillada, con una margarita blanca enterrada en las canas del pelo, con unos aretes plásticos color fusha, un lápiz labial mucho más rojo que el de la gringa rubia, olorosa a Señorona, sentada en un trono al otro lado del mostrador. Agarré la bolsa de papel marrón y caminé de regreso hasta el apartamento. La noche estaba oscura, no había luna, las palomas revoloteaban entre los balaustres de los balcones con flores y hacían sus ruidos asquerosos sobre los cordones de mampostería cagada y los ornamentos renacentistas de los edificios de esquina.

-No entres así. Toca la puerta o has algún ruido.- El gordo del cuarto piso puso su cara de terror, como si un frío le petrificara la mirada al verme sin previo aviso.

-Yo vivo aquí. Soy vecino. Del tercer piso.- Saqué una sonrisa. Traté de ser jovial.

-Lo sé. Pero eres nuevo.- Me dio la espalda y subió la escalera con la última caja que le faltaba. Su guagua blanca estaba estacionada sobre la acera de cemento, con la intermitencia amarilla de las luces de emergencia, con la puerta trasera abierta hacia la entrada principal. -Amelía lo sabe. Mejor toca la puerta y ya. Nos evitamos problemas.- Cambió de tono. Odiaba ese tono en mi papá, de decirme las cosas como si uno fuera menos, como diciéndole a uno “Esto es así y punto. No preguntes. Y te callas” Gordo pendejo. Ojalá y te caigas de espalda con to’ y caja pa’ ver quién carajos te ayuda a levantarte.

-Discúlpame entonces, yo entiendo, pero nadie va a bajar de ningún piso a abrirme la puerta si la toco. Además tengo mi llave. Amelia me la dio. No veo cual es el problema.-

-¡Te estoy diciendo que toques!- Tiró la caja en el descanso de la escalera del segundo piso y se volvió hacia mí. Entonces habló con gestos y con las manos. La bombilla que colgada del techo de la escalera le iluminó la cara pero la sombra que la luz proyectaba en la pared era mucho más monstruosa que aquel fofo apestoso a sebo. -No te cuesta nada socio. Tocas la puerta, se sabe que alguien va a entrar y listo.-

-Pero eso ni se oye ¿Tu lo escuchas allá arriba?- Me hice el pendejo.

-Hermano, evítate problemas. Es la segunda vez que te lo digo. No te las des de preguntón. Tocas la puerta y ya. ¿Está claro?-

Levantó la caja de nuevo y se perdió escalera arriba. No sé por qué carajos me dio con mirar el techo sobre mí. Un hilo de lana blanca, casi imperceptible, encarrilado por clavos, subía por la pared hacia algún punto. Miré el reverso de la puerta, desde adentro y la vi. Una campana diminuta colgaba de una esquina. Forcejeé con la puerta un poco y la campana sonó. El hilo de lana se movió. Imagino que el vecino tenía otra campana sonando allá arriba. Entendí. Evítate problemas, me había dicho. Dejé la puerta abierta y subí al apartamento.
Olía a café quemado. Me encerré. Prendí la luz. Serví una taza y saqué los dulces de la bolsa. Yoyes no contestó. Comí sentado sobre el piso. El café me dio calor. Separé las cortinas peruanas, las amarré a cada lado, abrí el ventanal tratando de que entrara un poco de aire fresco. Los abanicos casi ni soplaban. Me di un baño sin jabón. Serví otra taza y caminé desnudo por el apartamento. Prendí el radio. Ismael Rivera cantó de fondo. Cuando iba a sentarme en el sofá, miré hacia el otro lado, hacia el Milano, y me encontré los ojos fijos de un gordito, cuarentón quizás, que desfiguraba su nariz contra el cristal mientras me contemplaba. Yo y los gordos. Así, desnudo, me agarré la pinga y le saqué el dedo ese que censuran en algunos canales de televisión. Cerré las cortinas nuevamente, volteé y miré hacia la puerta de cristal que se abre hacia el balcón. Caminé hacia ella. Estaba abierta. No hice más que pararme bajo el jodio marco y los ojos del vecino me miraron desde arriba, al otro lado del patio interior lleno de helechos, como si ya me aborrecieran. Evítate problemas Andrés. Los perros negros empezaron a ladrar. Cerré la puerta de un cantazo. Busqué una sabana en el cuarto y le atrofie la vista al tipo. Me senté en el piso, aún desnudo, frente al radio de la sala. Ismael Rivera empezó a gritar de fondo. Me tragué el último sorbo de café.

jueves, junio 15, 2006

capítulo III - (fragmento 4)

Aquel viernes nuestro día se hizo en la cama. Conversamos mientras una luz sucia rotaba las sombras a su antojo por el interior de nuestro cuarto, como la de los días en que las cenizas volcánicas de Monserrat lo cubren todo, en los que el sol se vuelve un círculo costroso flotando entre las ráfagas de polvo, entre nubes manchadas de azufre, entre gaviotas ciegas que vuelan sin saber su orientación. El calor era terrible, pegajoso, casi mucoso, infernal. Pero así nos conocimos, después de meses de habernos visto, e intimado, luego de seis días de sudar y despeinar la misma cama anaranjada.

A Yoyes la conocí más que a ti. A ti te amo pero te desconozco.

Si te conozco te conozco de una forma leve, tenue, no sé. Te conozco como amiga, como un amor idílico más que otra cosa, como la primera mujer que se me metió en la cabeza, la primera chica a la que le dije que sí, con gusto. Te conozco Victoria, pero muy poco, casi como se conoce a un personaje de silueta. Lo más profundo que conozco de ti son tus gestos, tu carácter y la superficie de tus senos parecidos a dos bolsas de arena cubiertas de piel. Es la verdad. No puedo escribir otra cosa.

Ni siquiera compartimos una cama. No es que diga que el amor nace entre las sábanas o que para conocerte necesitaba un poco de penetración. No es eso. ¿Pero qué compartimos mujer? ¿Un par de amigos en común, el mismo deseo de andar abrazados por todos lados para que la gente nos viera y dijera qué bonita pareja? ¡Por favor! Yo te amé y te amo, es cierto, pero te amo sin saber, resistiéndome al cómo, sin tener explicaciones del por qué, amarrado a un par de recuerdos que ni siquiera florecieron, sin saberte para mí, sabiendo que hace mucho eres de otro, un otro que te hizo la mujer que desconozco. Pero no me importa Victoria. Tú puedes amar el cuerpo de mil hombres si quieres, yo podré meterme en otros cuerpos, yo podré desconocerte, pero seguiré sintiendo esto, amándote igual, de una forma loca, idílica tal vez, pero es por lo que fuiste, sobretodo por lo que no pudimos ser. Por eso te amo. Después de ti nada, a pesar de que contigo no hubo más.

Yo quería que me hicieras, que me volvieras tuyo, que me estrenaras tú y no un hombre, que pusieras la venda de tu cuerpo en mí y me enseñaras a adorar en ti a las mujeres. Pero no pasó. Y a pesar de eso, de haber sido y no ser nada, te amé y te amo en presente, todavía. Como un loco. En presente chica. De una forma extraña. Todavía. Y apuesto que tú no, que ni me amas ni te importo. Y lo entiendo. Es lógico. Me desterraste. Bastante lloraste por mí. Por mí que no soy nada y que tampoco fui. Si fui, fui una mentira. No me conoces. A estas alturas tampoco te conozco a ti. Pero te aplaudo el que no me ames. Si me amaras, amarías a un desconocido. Mejor ni lo conozcas. No lo he querido conocer.

Discúlpame por esto, en serio, pero el alcohol me pone así. El alcohol, la borrachera y el encierro entre estas paredes húmedas, jodidas, en este maldito cuarto que ya no huele a mí, que ahora huele a limo, a cal y a hongos pestilentes. El viejo Godoy me ha dicho que haga algo con mi vida, que salga de este cuarto, que arregle el apartamento, que viva, que sea feliz. ¿Pero qué es ser feliz ostia? ¿Salir de aquí? ¿Despejarme? ¿Olvidarlo todo? Pues ya no puedo Victoria. Esto me consume. Me consumiste. Me consumieron los dos.
Estoy flaquísimo. Duermo muy poco. No como bien. Estoy empezando a aventurar con el alcohol y bebo café por vicio. Café con ron, buches de ron, ron vomitado. Pero tampoco es tétrico, no es para tanto. Me adormece pero me obliga a escribir. Eso es lo que he hecho después nuestro encuentro. Ahora escribo. Escribo de mí, de ti, de él. También escribo de ella.

Cuando Yoyes y yo, aquella mañana, ya habíamos hablado de todo y hasta presentado los tatarabuelos con los dedos pequeños de los pies, cerramos la conversación haciendo un ensayo de amor, en la cuenca de la bañera. Al fin y al cabo, era eso lo mejor que sabíamos hacer. Agua tibia, grupa y manoteo, besos de pez. Tirados allí, bajo una lluvia que se evaporaba con el roce de la piel, hablamos de la primera vez que coincidimos.

-El juego de seducción empezó al final de la primera clase de literatura. No sé cómo no te diste cuenta. Te dije profesor aún sabiendo a simple vista que tú no eras más que pendejito de primera. No tenías ni pinta de catedrático. Pero me gustabas. Me gustabas desde antes. Ya te había visto muchas veces en los pasillos de la facultad. Quería jugar. A veces me pongo juguetona.- Me miró empapada de agua dulce y sonreí.

Entre risas volvimos a besarnos, a abrazarnos, e hicimos, levemente, otro intento de amor.

lunes, junio 12, 2006

capítulo III - (fragmento 3)

Abrí los ojos y mi mirada se enredó entre las aspas polvorientas del abanico. Después miré hacia el lado y ella estaba ahí, toda una mujer, desnuda pero enredada entre las sábanas anaranjadas olorosas a madera, recostada al espaldar de la cama, con las pecas relucientes, fumando con una elegancia que mi tía envidiaría. Me arrastré un poco sobre el matre, y me dejé caer sobre un rayo de luz que se estrellaba contra su pecho. Mordí el pliegue de la tela y desnudé la carne rosada de su pezón izquierdo. Buenos días gorda. Sonrió.

-Buenos días dormilón. No sabía que eras músico.- Abrí los ojos un poco más, todavía lagañosos, y la sonrisa deliciosa se me cayó. -Te has pasado toda la noche en la tarima, dando un concierto de madre. No me has dejao dormir.- No había terminado de hablar y exploté en risa de nuevo.

-¡Mala mía! Se me olvidó decirte. Esa es la mierda de to’ esto. La convivencia será perfecta pero hace públicos los defectos de los dos.-

-En todo caso tuyos. A mí no me incluyas. Ya llené una libreta en menos de seis días.-

-¿En serio?- Volvió a pasmarse la sonrisa. Me despegué de su pecho y le miré los ojos de café. -Coño Yoyes pues no te calles. Habíamos quedado en decirnos todo. ¿O no?-

-Cierto. ¿Pues que te parece si empezamos por los nombres?– La pregunta y el tonito de su voz me cogieron por sorpresa. Lo notó. Hundió medio cigarrillo en un vaso de agua asqueroso que estaba junto a la cama. El brillo se le fue del cuerpo. Los ojos se le oscurecieron. Me miró varios segundos sin hablar y se levantó enredada en el anaranjado. Abrió la ventana de madera vieja y la de cristal. El sonido de la calle se coló en la habitación. Caminó hasta el gavetero. Se arrancó la sábana. Me la tiró sin verme. Buscó un panti blanco en la tercera gaveta y se lo puso con una delicadeza extremadamente seductora. Sus pechos se bambolearon lento en cada pose. Era muy flaca. Mucha cadera, mucho culo, poca teta. Buscó unas pantallas redondas, de bronce y se las espetó mirando hacia la calle. Volteó. Demasiado seria. Caminó hacia mí. Me extendió la mano como si yo fuera un desconocido y nos adentráramos en la formalidad patética de una primera vez. -Amelia. Mucho gusto Andrés. Me llamo Amelia. Yo sé que me conoces por Yoyes, que mucha gente en la universidad me dice Yoyes, que los muchachos de la OSI me apodaron Yoyes, pero me llamo Amelia. ¿Vale? -Alzó la ceja. Me recordó a Victoria.- No sé exactamente por qué no me lo has preguntado pero ya basta. No quiero seguir traumatizada, haciéndome la loca, ignorando el hecho de que vivo con un tipo al que no le importa un carajo la identidad de la mujer con que se acuesta.- Tragué y soné la garganta. Allí estaba yo, tirado sobre su cama, desnudo, con una erección involuntaria de respuesta, mirándola como los tontos, sin saber que diablos decir, queriendo evitar algo tan lógico.

-No sé. Perdón. En serio. No lo hice a propósito gorda. Y no es que, que no me importe. Si no te he preguntado es porque te conocí así, porque así te llama todo el mundo, porque así te presentaste, porque así le pediste al profesor de literatura que te llamara, porque así firmaste los cuentos que he leído. Además nunca hemos entrado en la formalidad.-

-¡Lo sé! Pero y ¿Y qué me dices con eso? No sé lo que piensas ni lo que tienes en la cabeza. Ya no estamos en la universidad. Vivimos bajo el mismo techo Andrés. O sea, no creo que sea ni saludable, ni entretenido, ni normal que vivamos juntos desconociéndonos. O en todo caso vivir obviando detalles que puedan acercarnos a los dos.- Bajó las revoluciones de su tono. La calidez se hizo sentir en sus palabras. Se sentó en la cama, con el torso al aire, me agarró una mano y siguió hablando con una necesidad con la que ninguna hembra me había hablado. -Es cierto que en lo de nosotros no ha habido un formalismo excesivo, ni siquiera un formalismo básico, y es verdad, te lo acepto, pero eso no significa que lo que hemos tenido o hecho, y lo que somos y haremos no tenga validez, no sea algo formal. O sea, no sé tú pero yo te considero mi pareja. Y creo que somos pareja, que deberías saberlo, y asumirlo. Eso quiere decir que nos debemos mucho, que necesitamos interactuar Andrés, desnudarnos, hablarlo todo papito, conocernos a la perfección. ¿Entiendes?

-Sí. Te entiendo. Entiendo perfecto. Y te lo prometo. Así va a ser. Soy tu pareja. ¡Somos pareja y punto! Trato hecho. ¿Sí?- Le sonreí como nunca. No sé por qué pero tenía un cosquilleo en el estomago, una sensación de alivio, de empezar a respirar con sentido. Por mi parte sabía que ella tenía razón. Lo nuestro no era, ni debía ser un juego.

Me propuse, a partir de aquel momento, sincerarme con aquella hembra que se abría frente a mí. Claro, sincerarme hasta donde pudiera. Yo ponía los límites. Había cosas que no podía contarle. Pero no era porque no me atreviera a hacerlo. No le contaba porque no. De mi silencio dependía la firmeza de mi estabilidad con ella, con una mujer hecha y derecha, la perpetuidad del machismo isleño contenido en mi familia, el éxito de un futuro prometedor alejado de los hombres, como padre, como esposo nominado a un Nóbel, como ejemplo genealógico para las masas, como heterosexual.

sábado, junio 03, 2006

capítulo III - (fragmento 2)

Para aquel entonces la navidad florecía por la isla. El casco viejo de San Juan mostraba sus fastuosas decoraciones, sus jardines electrónicos de lucecitas de colores, escenografías de neón y fibra óptica en todas las plazas. Yoyes también se había empeñado en decorar. La navidad pone a uno como loco, medio infantil, con ilusiones que no existen en otras épocas del año. Además lo nuestro, igualmente, estaba empezando a florecer, a tomar forma, y aquello era un detalle que ninguno de los dos podíamos pasar por desapercibido. Quizás por eso me pareció una buena idea. Pero Yoyes no era fácil, era todo un personaje, a veces demasiado excéntrica, maniática, un berrinche humano, una niñita malcriada, una manipuladora de primera. Cuando se le metía algo en la cabeza iba hasta el final, no aceptaba nunca un no, se la pasaba jodiendo y rejodiendo hasta lograr lo que quería. Es una pena que haya pasado lo que pasó.

Esa navidad, la primera juntos, se había empeñado en conseguir el esqueleto seco de un árbol para adornarlo a su antojo, con ornamentación casera, hecha por ella y por mí. Le dije que sí, y yo encantado, “claro”. Merodeamos el casco pero no encontramos nada. Bajamos por la Caleta de las Monjas y caminamos bajo el abrazo de unos árboles gigantes que buscaban convertirse en uno, consolidar un techo verde para nosotros por donde no se filtrara, siquiera, una gota de luz. Bordeamos el jardín amurallado de la casa blanca de Juan Ponce de León y nos adentramos en un parque para niños, olvidado por ellos, frecuentado a todas horas por los duetos de amantes que se besan en unos bancos desgastados por el salitre del mar, escondidos entre la maleza. Caminamos, nos besamos poco, fumamos yerba entre las raíces centenarias de un flamboyán cercano, con vista hacia la bahía y hacia una barcaza de carga, negra y azul, que gritaba su llegada entre las olas. Los pelícanos sobrevolaban el área, se escuchaban las voces distantes de turistas. Todo estaba bien hasta que comenzó a llover. No había nubes grises, el caribe es traicionero, corrimos entre las aceras hasta nuestro nidito de amor. Pero ella quería el árbol rápido, que yo lo consiguiera a toda prisa, como quien pide el último deseo antes de morir y necesita con urgencia que se lo concedan. Perfecto. No dejó que me sentara, buscó las llaves de mi carro, una sombrilla roja para los dos y volvimos a correr bajo la lluvia. Lo que había empezado como una cacería, con serrucho en mano, cerca de Puerta de Tierra, se extendió, cuatro días después, hasta un monte tupido, con sierra eléctrica, en Naranjito. Era del tamaño de ella, un laberinto de ramas, formas orgánicas, un árbol de navidad a lo puertorriqueño. Amarré el susodicho a la capota de mi Toyotita gris. Me dio el beso-premio de piquito y nos fuimos. Terminé malhumorado, con el picor verdoso que se le queda a uno cuando se interna en el monte, aborrecido de encontrar mil árboles y que el número mil fuera el perfecto.

Tan pronto llegué al apartamento puse un CD de música brasileña que me había robado de una compañera de la universidad. Me recosté en el sofá único de la sala tratando de buscar una paz que en la ciudad no existe. Los aguaceros torrenciales sin aviso previo, los tapones kilométricos, las discusiones entre carros, la guerra de bocinas, los huecos en las carreteras del país, la publicidad que grita al conductor a lado y lado de las avenidas, el murmullo de la gente en los centros comerciales, en el casco de la capital, en las plazas, en la calle frente a nuestro apartamento. Yoyes colocó la punta inferior del árbol navideño no decorado en una base improvisada junto al ventanal. Caminó hacia el pasillo entre contoneos y se detuvo antes de perderse detrás de la pared histórica. Me miró por encima del hombro izquierdo, sonrió un poco, relamió sus labios carnosos, me guiñó un ojo y desapareció a prepararme café. Lo hizo a propósito. Le gustaba tentarme. Me mordí los labios hacia la derecha y me interné en la cocina siguiendo sus pasos. Sólo tuve que pararme detrás, acercar mi boca a su oreja, pellizcarle un poco los pezones y meter mi mano dentro de su panti para que el bollo se le humedeciera. Cerró los ojos y se despegó. Yo la dejaba. Le gustaba volar. A mí me encantaba jugar con ella; chuparla, besarla, masturbarla al ritmo de la música de fondo, por ejemplo. Y ella en el cielo. Volaba alto. Un dedo adentro y cayó. Rendida. Nos deslizamos hasta el piso con la ropa puesta, sentados frente a frente, mis piernas detrás de la parte baja de su espalda, las de ella detrás de mí. Le doy un masaje en los pies y, sin saber cómo, levanto su pierna izquierda, tersa, le quito la alpargata, empiezo a pasarle la lengua y logro la erección que tanto había querido. Me despego un poco, pongo los dedos de su pie con las uñas pintaditas de rojo frente a mi boca, se los chupo, se los muerdo, gime más. Me encantan los pies, pero no sólo los de ella. Me excitan fuerte. Hay quienes dicen que son símbolos fálicos, o sustituciones carnales del falo en la mujer. No sé. Da igual. Aprovecho para quitarle la camisa blanca de botones, el mahón corto, el panti de rayitas amarillas. Luego va ella. Me quita la t-shirt marrón, desabrocha mi mahón azul largo, despacio, las manos en cada botón, calor, me desnuda por completo. Le enseño lo que tengo, huelo agrio, estoy sin afeitar, me masturbo suavemente. Hay hambre, se relame más, a Yoyes le fascina. Nos acercamos, nos frotamos los pechos, la música de los tambores se escucha altísima, practicamos Capoeira sobre el tablero de ajedrez. Sus manos arañándome los antebrazos, mi cara hundida, el roce de los dientes por sus pliegues, la lengua tocando su Caixa. El olor de la lluvia, la dermis, la mampostería colonial. Los dedos locos. Su ombligo mirándome la frente. Después los besos amargos, su boca en mi vena, los tragos de carne, el aroma del café, los hilos de saliva, las uñas dirigiendo las caderas, las pecas de su cuello corriendo hacia mi boca y mi nariz. Los dos en un rincón junto a los pies de la nevera. Los cuerpos mapeaban el sudor. La piel tatuada con la mugre del piso. Rico. Cogíamos duro. Chocaba con su fondo, repeticiones y bombeo, yo no quería venirme. La Batucada cantaba y tocaba un sólo de Pandeiro sin mirarnos. Se la saqué despacio, ella apretó mis nalgas, frío, se relajó, tuvo un orgasmo, me hundió en ella otra vez. Sabía controlarme el mete y saca para no acabar rendido como si fuera un primerizo. Así estuvimos hora y media, en el piso de la cocina, resbalando, pringados de sales, de jugos bucales, de sucio. No aguanto más, le dije. Grité. ¿Quieres mi leche? Sí. ¿Te gusta? Sí. ¿Que sí? Dijo que sí. Cabrona. Yo estaba hechecito para ti.

Salí de ella. Me acosté boca arriba. Tres cucarachas miraban golosas junto a la hornilla de la estufa. Se la metió en la boca. Me chupó las últimas gotas que quedaban. Depravada. Lo era. Yo también. Delicia. Dos depravados. Lo mejor del mundo. Me lanzaba hacia arriba, rompía el techo, tocaba las nubes. Luego me venía hacia abajo, caía explotado en el piso, o en la cama, hecho un cadáver, sin leche para alimentar. Demasiado fuerte. Yo era nuevo en cosas como aquella. No dejé que me tocara en tres minutos. Necesitaba caer en mí.

Cuando nació el tiempo luego de aquello, apagamos la cafetera y olvidamos tomarnos el café. Olvidamos los tambores de la Batucada. Caminamos desnudos, sucios los dos, embarrados de adentros. Nos desplomamos en la cama sin bañarnos y nos apagamos despacio, entre suspiros cadenciosos, besitos suaves y continua exquisitez.

viernes, junio 02, 2006

Fortaleza #302

capítulo III - (fragmento 1)

El apartamento no era inmenso pero estaba perfecto para la convivencia básica de los dos. Estaba ubicado en el tercer piso del edificio 302 de la Calle Fortaleza, justo enfrente del Hotel Milano. Nuestro nidito de amor era la vista idílica, o panorámica, tras las ventanas de las habitaciones rentadas por los turistas. Sin embargo, el detalle ese de ser una atracción exclusiva para los extranjeros que se quedaban en el hotel nunca resultó un problema para nosotros. Yoyes vivía allí antes que yo. Conocía la movida. Sabía controlar la situación. La mayoría de las veces cerrábamos el ventanal de cristales de la sala con unas cortinas inmensas, gordas, de tela de alpaca, pintadas con Ayrampo, que ella le había comprado a unos indígenas en el Perú y otras veces las dejábamos abiertas para que la luz y las miradas se derritieran frente al calor exótico que concebíamos cuando intentábamos hacernos el amor. Pero no siempre fue así. Otras tantas veces los huéspedes presenciaron desde el otro lado, a la misma altura, nuestras discusiones demenciales donde todo volaba como proyectiles y explotaba en la pared. En otras ocasiones fuimos nosotros los binoculares, los testigos de madrugadas calientes donde las carnes jinchas jugaban a las noches caribeñas, a encharcarlo todo como si manara de sus cuerpos un universo acuoso, un archipielago salado, oleaje, agua de mar.

Mas allá del ventanal, nuestro espacio tenía las típicas losetas ajedrezadas del San Juan colonial, el techo a doble altura con un costillar de vigas de ausubo visibles y un balconcito intimo, con una baranda de hierro doblado orgánicamente, con vista hacia un patio interior compartido lleno de helechos extremadamente verdes, una fuente de agua ruidosa y vieja, y dos casitas para los cuatro chihuahuas negros del vecino, más ruidosos aun. El balcón se abría a la izquierda tan pronto se cruzaba la puerta principal del apartamento. Del techo colgaban dos abanicos gemelos con aspas de metal ultra lentas que soplaban el calor encerrado entre las paredes de mampostería. Algunas estaban retocadas con cemento, forradas del pellejo de pinturas de otros tiempos, perfectas para colgar mis cuadros favoritos o las fotografías a gran formato de la que fue, para ese entonces, mi mujer. A la izquierda, junto a las puertas del balcón, un comedor improvisado. A la derecha, la sala junto al ventanal. Al fondo, el pasillo de tres puertas; de izquierda a derecha estaba la del baño, la de la cocina, la de la habitación.

Lo más que me gustaba de nuestra habitación es que era sencilla, que contenía lo necesario, que parecía haber sido sacada de La Vieja Habana, con la historia de los siglos convertida en pigmento y bañada de una luz suave y calurosa, medio amarillenta, rebanada delicadamente por las rendijas de la única ventana de madera que mantenía el edificio y que habían reservado insólitamente para mí. Claro, no fue para mí, fue para Yoyes pero ella me lo dijo por aquello de hacerme sentir cómodo en un espacio que hasta entonces no me pertenecía. Nuestro cuarto estaba pintado color mostaza, aunque las paredes tenían hendiduras y partes craqueadas que dejaban ver los colores de otras capas; un poco de azul cerúleo, un rojo carmesí, el terracota tostado de los ladrillos.

El mueble con la ropa doblada estaba a la derecha, entre la puerta y las dos ventanas de la habitación, una de aluminio blanco con cristal, la otra era la de madera. Ambas se abrían desde lo alto hacia la Calle Fortaleza, por ende hacia el hotel. A la izquierda estaba el closet de los dos, sin puertas, tapado con la sabana con la que acostumbraba a limpiar mis pinceles. Frente a la puerta y en el mismo centro de la habitación, bajo una fotografía enorme de nuestros pies besándose en blanco y negro, estaba nuestra cama. Arriba otro abanico de techo. En una esquina una silla inservible, rojo-mohosa, a modo de decoración. Al fondo, sobre la foto, un hueco cagado que traspasaba la pared. Por allí se colaba el vaporizo de los mediodías, el aire oloroso de San Juan y una que otra paloma turca que a veces nos rompía el sueño cuando las noches de la isla se mostraban si su luna.

Me mudé al apartamento el 7 de diciembre de 2003. Es raro que recuerde fechas, nunca lo hago, lo sé. Pero recuerdo esa fecha perfectamente por que ese día fui al aeropuerto junto con Yoyes a despedirme de Gabriel antes de que partiera vía Iberia hacia Sevilla. Allá le esperaban otros días, nuevas amistades, amores furtivos o estables, una universidad portentosa que lo había acogido para ingresar el próximo semestre. El hecho es que me despedí, le presenté a Yoyes, hubo una química extraña entre los dos, se miraron encantados, le di un abrazo y un beso en el cachete con cuidado, tratando de evitar interrogantes.
El mejor amigo de la vida se me fue aquella mañana para no volver jamás. Quizás por eso recuerdo el día a la perfección, porque aquel 7 de diciembre, horas más tarde, luego de despedir a aquel santo varón que confirmó mi profunda atracción hacia los hombres, me sumergí, con la cabeza en alto y con todo el temor del mundo en la formalidad excesiva de una relación bajo techo entre un hombre y una mujer. Pero ese detalle no importa, por que nunca importó. De todos los amores que he tenido, el de Yoyes fue el más voraz y el único del que guardo más de un recuerdo sin mentiras.