martes, mayo 30, 2006

Capítulo II - (fragmento 6)

Me agarró por una mano. Fue caballerosa. Me llevó hasta la mesa frente al mostrador de la cafetería interior, sacó una silla, casi me sienta. Era cómica la situación. Yo no tenía confianza con ella. Apenas hablábamos sobre los exámenes de la clase. ¿Qué quieres de comer? No quiero nada, sólo un café. Dicen que cocinan rico en ese sitio pero el aire apesta. El olor a tinta de los libros recién impresos se entremezcla con los olores rancios de la comida, de las sopas, la papaya fresca, la espinaca hervida. ¿Te invito a comer y no quieres nada más? Me invitas a comer y no quiero más nada. O sea, ¿Qué comes? ¿Café? Exploté en risa. ¿Pero y por qué tu empeño? No quiero más nada, de veras. El rostro le cambió. Se puso seria. Vale, no hay problema. Se levantó de la mesa. Gracias. No había fila.

Yoyes pidió un sándwich de berenjena con una botella de agua para ella y un café con leche para mí. No me gusta el café con leche. Nunca se lo dije. Tuve que bebérmelo.

-¿No lo querías con leche verdad?-

-No sabe mal.-

-No puedo saber tus manías si no me las dices.-

-No son manías, sólo que no bebo café con leche. Tampoco le echo azúcar.-

-¿Sin azúcar?

-Sí.-

-Un buen dato. Lo voy a apuntar. No te rías, que es en serio.-

-¿Pero y tu? ¿De donde saliste? Nunca hablamos. ¿Qué ha pasado? ¿Te decidiste hoy?-

-¿Me decidí a qué?-

-No sé. Tranquila. Sabrás tú-

-No. Tú eres el que sabe. ¿A qué quieres que me decida?- El gesto volvió a cambiarle. Entonces fue una pícara. Quería mi contestación. Sabía lo que yo quería exactamente. Se veía hermosa. El pelo achiote le brillaba bajo las lámparas de halógeno. Le miré descaradamente las pecas que le bajaban por el cuello. Los pliegues de su camisa verde olivo. Mis piernas moviéndose descontroladamente bajo la mesa. Su mirada. Su sonrisa perfecta. La conversación adentrandose entre mil temas a la vez.

La mitología construye a Siddharta Gautama como un enviado del cielo. Buda y Jesús. La leyenda no menciona nunca la existencia de un padre biológico. José. La reina Maya. María. Mahayana. La virgen. La reina Maya o Mayahana soñó que lo había concebido gracias a un pequeño elefante con seis colmillos y cabeza de color cobrizo que bajó desde los cielos en la estación de lluvias, en una de esas noches en que ella se abstenía de tener relaciones sexuales. El sexo. A mí el sexo me encanta. Háblame de ti, de tus amores. Amor y sexo. “Hagamos el sexo y no la guerra”, “Peace and love”. Los hippies. Mi mamá fue hippie. ¿Sí? La guerra. Los gringos y la guerra. La lista de los puertorriqueños muertos. Vietnam e Irak. Saddam y Osama. Las muertes. El 11 de septiembre. Los aviones estrellándose contra las torres. Esa mañana. CNN en español. ¿Dónde estabas? Estaba en la universidad. Alguien entró corriendo. Terrorismo. Esa palabra es conflictiva. Los terroristas. Al Qaeda. La lista del terror. Ahí entra la ETA. Dolores González Katarain. Mi apodo me lo pusieron en la OSI. Yoyes fue la primera mujer dirigente de la ETA, famosa por haber sido asesinada, acusada de traición, a manos de la misma organización mientras paseaba con su hijo por las fiestas de su ciudad natal. Natalidad. Me hice un aborto. Casi me abortan. Nací en San Germán. Ese pueblo me encanta. A mi me gusta el centro del pueblo. El casco. Vivía en las afueras, al lado de un supermercado. Yo compro en Pueblo. “Detrás de ti siempre hay un pueblo”. La comida orgánica. Ya sé que eres vegetariana. Ovo lacto picto vegetariana. Yo soy carnívoro. Nosotros. Es raro. Dijiste tú y yo.

Me tenía embobado. Confesé que me encantaba. Acto seguido sacó un bolígrafo de su cartera, lo mordió un poco, hizo conmigo lo que quiso, sonrió. Era una diabla. Me quitó la servilleta que habían amarrado a mi vaso de café y escribió. Luego, desde su silla, se levantó un poco hacia mi, buscó mi oreja, mis ojos buscaron la hendidura entre sus tetas, me susurró sensualmente que yo también le encantaba. Me entregó la servilleta doblada en seis partes y se perdió entre los estantes de los libros. Miré a todos lados. Abrí la servilleta y encontré aquella oración inolvidable entre negrillas, con formas orgánicas de mujer. “Pelear cuerpo a cuerpo sería interesante”.


Una excitación atroz me vino de golpe. La sangre me bajó de un solo cantazo. Se me paró. Lo acomodé hacia el lado. Decidí buscarla. Hurgué la librería. No estaba allí. En un segundo busqué la entrada y salí a la calle con cara de terror. No entendí la movida de su juego. Miré a la derecha, hacia la estación del tren y la vieja calle poblada de librerías y negocios. Escuché un bocinazo a la izquierda y giré. Caminaba a toda prisa hacia la universidad, con el culito parado, su remeneo cadencioso, iba a cruzar la intersección. Mierda. Le grité. Corrí tras ella. Me ignoró. Cruzó un carril y se detuvo en la isleta divisoria de cemento. Entonces volteó. Sonrió como las locas, como las niñas perversas y no me despegó la mirada hasta tenerme enfrente.

-¿Qué te pasa chica? ¿Por qué te fuiste así?- Me miraba quieta, con una sonrisa inexplicable.

-¿Te digo la verdad?-

-Por favor.-

-No me pasa nada Andrés. Sólo quería que me besaras. Aquí, en el medio de la calle.-

Los carros pasaron a nuestro alrededor sin detenerse, tocando las bocinas por pura envidia. El autobús pasó a toda prisa, casi nos roza. Entonces borré todo. Construí un cubo blanco alrededor de los dos. Nos vimos solos. Nos besamos como nunca habíamos besado. Mucha lengua, saliva dulce, apretón y roce, mordidas leves entre labio y labio. Primero un sudor tan caliente que desconocimos que era sudor. Después la humedad debajo de los interiores, la latencia, los corrientazos enzimáticos, la atracción de dos magnetos derretidos. Una sirena de la policía rompió aquello donde empezamos a plasmar lo nuestro. Se estacionaron en la isleta. Nos acordamos de la cuenta. Salimos sin pagar. Los oficiales se bajaron del vehículo. El hechizo se jodió.

Entre sonrisas que se nos caían por la boca, corrimos hacia la librería, bordeamos la patrulla y la mirada pendejísima de los dos oficiales. Corriendo así, descubrí una magia especial en aquella parte de Río Piedras. No había visto los colores vivos del abandono ni la capacidad de los graffittis de encantarlo todo en derredor. El cielo estaba pintado, sobre aquellos edificios blancos, ocres y marrones, de azul anochecer, pero, salpicado de nubes blanco-grises con sus bordes tocados por destellos de luz amarillenta. Yoyes me agarró por las manos y entró a la librería. Me adelanté y pagué la cuenta. Se molestó un poco. Nuevamente se perdió entre los estantes de los libros pero preferí pararme en la puerta por si acaso, para evitar que saliera o se perdiera sin decir adiós. Buscaba un libro afanosamente. Al final lo encontró. Pagó pero no quiso enseñármelo. Meses después supe que esa tarde había comprado un libro para mí. Salimos de la librería. La noche cayó sobre un atardecer que no pudimos ver del todo. El cemento viejo de los edificios obstaculizaba la mirada. Los faroles anaranjados despertaron de la coma diurna en serie, uno detrás del otro, siguiendo una secuencia lineal que se perdía más allá de la cuesta frente a la construcción de la estación de la universidad. Caminamos abrazados como nunca. Nos besamos un poco más. Contamos quinientos veintiocho pasos.

No sé cuantas noches pasaron pero ya estaba viviendo con Yoyes en el Viejo San Juan cuando mi último semestre culminó en diciembre. Luego de aquella nota y de las noches siguientes en su apartamento, caí rendido a sus encantos. Sin pensarlo mucho, recogí las cosas en mi casa y me mudé. Mi madre no puso reparos. Siempre supo que me quería ir. Fue fácil. Sin mayores inconvenientes que la falta crasa de amor, habité su espacio.

Capítulo II - (fragmento 5)

Eché a rodar mis pies a pesar de que mi mente había decidido restringir cualquier movimiento frente a Victoria. A veces pasa. Me cohíbo a actuar por que tengo a esa hembra metida entre la ceja izquierda y la derecha, porque siento a veces que mis pies son los de ella y que es ella quien decide donde moverme y donde no. La miré a los ojos aún teniendo la mirada de Yoyes enfrente. Ninguna de las tres sabía nada. Yoyes no sabía que Victoria había sido mi gran intento de mujer y que Sofía decidió estrenarme en un apartamento que hace esquina con la Calle Loíza y la F. Krug. Sofía, por su parte, no sabía de Yoyes y Victoria no sabía ni de Yoyes ni del estreno carnal que tuve con su amiga, amiga mía primero. No me importó. Al fin y al cabo yo no tenía compromisos con ninguna.

Los ojos de Vic son nimbos marrones sin luz enmarcados por un par de cejas trasquiladas, demasiado angulares, parecidas a las de las villanas de las telenovelas mexicanas que veía mi mamá por Telemundo. Una vez los dibujé a la rápida, en una hoja blanca, con tinta y carboncillo comprimido. Digo una vez por que no recuerdo el día exacto. Creo que lo hice la primera vez que estuvimos a solas en mi cuarto de Miramar. Mi mamá estaba nerviosa, haciendo ruidos tras la puerta, en el pasillo, interrumpiendo cada diez minutos, tú y yo en silencio, nos boceteábamos desnudos. O no. Lo hice la noche aquella en la que bajábamos de Cabo Rojo, veníamos de la playa, tú tenías ganas de pelear y de maldecirme por estupideces y yo no estaba de humor para escucharte. Sí. Esa fue la noche que me salí de la autopista bruscamente y me estacioné sobre la grama. Eran como las diez, no sé si recuerdas, te asustaste, todo estaba a oscuras, los carros nos pasaban por el lado a toda velocidad. Comenzaste a gritarme, encendí la luz interna de mi carro, metí la mano por debajo de tu asiento, busqué la libreta de hojas blancas que me habías regalado. Tú no respirabas entre las palabras, estabas histérica, te dibujé la mirada sin decir por qué. No entendiste el gesto. Pero te callaste por fin. No dijiste nada. No soltaste ni una letra en el camino de regreso. Pero tampoco importa. Aunque recuerde o no, creo que ese dibujo se perdió en una de las mudanzas. Soy un descuidado. Siempre lo he sido. Aunque tal vez no. Quizás ese dibujo está por aquí, doblado en dos, metido en algún libro, en esta porqueriza de mierda en donde escogí vivir, desde donde escribo, en este espacio mínimo sin ventanas, con olor a humedad, donde la cama se me pierde bajo las aguas de la ropa limpia y de la ropa sin lavar. Si lo encuentro ese sería el único recuerdo grabado, literalmente, que tengo de ti. Si no lo encuentro entonces fue el único que tuve. Me tendré que conformar. Tú sabes que no tengo fotos tuyas. Ni siquiera la fotografía que Yoyes te tiró tiempo después de conocerme, cuando subiste a su apartamento en el Viejo San Juan aquella mañana. Esa fotografía lo cambió todo. Tú y ella me mintieron. Todavía no entiendo por qué.

Prefiero creer que nunca he tenido una foto de Vic por que ella siempre las ha odiado. La censura de su mano es más rápida que el flash. Ella es gigante y blanca. Es mucho más alta que yo. Tiene el pelo largo y rizo, medio enredado, lleno de luces, de una escala cromática de marrones adquirida por frecuentar compulsivamente la sal y el sol del mar. Siempre lleva aretes largos, tiene los pies larguísimos, el abdomen plano, las piernas flacas, la espalda dividida deliciosamente en dos.

Volteé frente a Sofía y a Victoria. Caminé. No quise despedirme. Cruzamos la arboleda del cuadrángulo, la danza circular de las palmas reales, bordeamos la Placita Baldority, caminamos bajo el cielo azul, limpio de nubes, bajo el chirrido de las bandadas verdes de cotorras, bajo el tendido eléctrico que dibuja la ciudad desde la altura. Yoyes olía a madera dulce, sonaba las pulseras mientras caminaba, cantábamos El unicornio azul que Silvio le cantó a Rubén.

Cruzamos la intersección lineal de la Gándara y nos adentramos en la Ponce de León, en dirección al casco, a la estación del tren que para ese entonces era una pared monotona de concreto armado, cintas amarillas de peligro y varillas rebeldes, casi organicas, enmohecidas por el sol y la lluvia del caribe. Caminamos por la acera. Yoyes se paró frente a una pared a mano derecha repleta de graffitis, de pasquines pegados, de publicidad barata. Sacó un marcador negro y escribió su nombre. No sé ni por qué. Me miró, sonreí, fui cómplice, escribí Valeol. Pasos después nos internamos en La Tertulia, en el punto de encuentro intelectual de los que se llaman a si mismos postmodernos, el punto de renombre exquisito para las reuniones letradas de los profesores comemierdas, de los literatos, de los escritores emergentes que se crecen entre las portadas de la narrativa nacional e internacional, exhibidas y archivadas como si fuesen piezas permanentes de un museo que nadie visita.

-Este sitio siempre está vacío. No viene casi gente. Siempre las mismas caras. Pocas ventas muchos libros-. Lo dije en voz alta. Había entrado antes. Sabía quien era el dueño. Me escuchó.-Para que la gente empiece a leer hay que hacer campañas megamediaticas, retocar la imagen del que escribe, sacarle un disco rosa de baladitas pop, contextualizarlo, hacerlo comercial.- Yoyes me miró. Torció los ojos. Se acercó hacia mí y puso su mano sobre mi boca.

-Tal vez. ¿Sabes que es lo peor de todo? Que con toda probabilidad tienes razón muchacho. No estas tan alejado de la realidad.-

-Lo sé. Pero tampoco es muy difícil suponerlo. O saberlo. Para que un escritor venda lo suyo en este país primero tiene que caer en el circo, en la imagen retocada, en la persecución hacia la prensa; tienen que hacer presentaciones del mismo libro mil veces, regalarle copias a toda la familia, escribir sobre autoayuda, ganarse un premio en Europa, hacer abdominales, hacerle anuncios a los cereales, pasearse entre modelos, enredarse tormentosamente con alguien de renombre internacional.- Sonreí. El dueño de la librería sonrió también. Un par de personas que estaban comiendo tenían las orejas alzadas. Yoyes me guió en silencio. Preferí callar.

jueves, mayo 25, 2006

Capítulo II - (fragmento 4)

Crecí solo. Me volví independiente poco a poco. Mamá estuvo siempre al pendiente de mí pero para ese entonces trabajaba en el hospital, no había tiempo, siempre andaba cansada, tenía poca paciencia. Papá también. Llegaba tarde de la compañía, con una peste a calle insoportable, con olor a ron añejo. A mi madre nunca le importó. Se encerraba en el cuarto igual que Lya y no le decían nada, ni un hola, ni un cómo estás. Pero yo siempre estaba pendiente. A veces traía cajas, con pintas de mantecados Häagen Dazs medios derretidos que le daban en la compañía. Trabajaba en ventas, distribuyendo mantecados por el centro de la isla en un camión destartalado. Yo me levantaba cuando escuchaba sus llaves, verificaba el congelador primero, después le preguntaba por su día, si se había pegado en el poolpote, a veces se molestaba conmigo. Déjame tranquilo por favor. Yo sólo quería decirle que me importaba, quería montarle cualquier conversación. Pero no. Él prefería que le calentara la comida en el microondas en lo que se bañaba. Ven, siéntate aquí. Me ordenaba a sentarme frente a él en la mesa de caoba del comedor para acompañarlo mientras comía. Odiaba su manera bruta de comer, me daba nauseas. Hacía sonidos de cerdo, el arroz se le caía de la boca, los jugos de las habichuelas se le empozaban en los pelos del bigote, arrastraba el tenedor sobre la porcelana del plato. Dejaba todo sobre la mesa y después subía a molestar a mi mamá. Ábreme la puerta coño que ese es mi cuarto también. Mientras yo fregaba con el Vel escuchaba los cantazos en la puerta, los gritos de Lya diciéndole desde su cuarto que la dejara en paz. Mamá nunca salió. Papá nunca logró tumbar la puerta. Bajaba de mal humor, se acostaba en la sala a ver los programas del tarot que transmiten pasada la media noche. Yo subía en silencio y me acostaba a dormir. Cuando se aburría de la tele iba a mi cuarto, prendía la luz y me sacaba de la cama por las orejas. vete, vete, vete. VETE. Yo tenía que dormir en la cabrona sala porque mi cama era del tamaño de papá, porque el sofá era chiquito, perfecto para mí. Dormía malísimo, incomodo, escuchando a los grillos amontonados detrás de la vidriera junto a la puerta principal, escuchando el rechinar del abanico de techo y los ladridos de los perros de todos mis vecinos. Así fue siempre. Mamá y papá. Yo desvelado pa’ la escuela. Sin embargo, creé mi propio mundo. Descubrí la vida a sorbos sin que ninguno de los dos me advirtiera.

Ser así me enseñó a buscar satisfacciones; a aferrarme a pasiones reales. Descubrí los libros y la escritura. En ellos me descubrí. Se lee como se vive. Se escribe de una forma igual. No puedo separar artificialmente lo que hago y lo que pienso de lo que escribo, leo y pinto. A veces creo que si hubiera vivido en Europa, en Estados unidos o en Hong Kong mi vida hubiera sido diferente. Los alrededores son decisivos. Aunque no. Hubiera sido igual. Lo único que puedo hacer de la misma forma en cualquier sitio es construir mi espacio. De algo estoy seguro, no importa donde esté creo que lo construiría igual. Se construye un espacio y en el espacio se construye el resto, la libertad por ejemplo. No soy de los que cree que alguien pueda darme libertad. La libertad tiene que construirla uno mismo. Por lo pronto mi libertad la construyo escribiendo, pintando, sosteniendo y defendiendo mi visión simple del mundo, nadando entre las aguas caóticas de la vida como si fuese un pez, como diría Pedro Juan, “impidiendo intromisiones en lo que hago o dejo de hacer”. La libertad es como la felicidad: nunca se llega.

Cuando Yoyes me gritó aquella tarde frente a Victoria y a Sofía, ellas se quedaron muy quietas. La voz distrajo a unos. El cuerpo suyo distrajo a muchos más. Mientras remeneaba las caderas y paraba su culito al caminar, el escote de su t-shirt, cortada a mano, sin mangas, sin cuello y de color olivo, se abría con el bamboleo de sus tetas mínimas, sin una gota de grasa. Su cabeza rapada brillaba por el pelo achiote que recién nacía y las pulseras plateadas de las manos dejaban la huella musical de una joyita de mujer. Era una diabla, un tronco de hembra. A veces creo que mientras ella se movía el mundo se babeaba. Lo digo por que aquella tarde yo también babeé. Y es que aquella chica tenia un mahón azul tan colgado a las caderas que dejaba al aire las proximidades pulposas de un sexo con el que muchas veces, entre clase y clase, había fantaseado. Ese cerebrito que me hacía, el olor a pacholí, sus ojos de café y de azúcar negra, el diamante en la nariz, y el tatuaje chiquitito del símbolo de OM, en la parte alta y posterior del cuello, hacían de ella lo que siempre quise. Me hervía la sangre de tan sólo verla. Era una callejera. Callejera con clase. Clase y más. Lo más que me gustaba era su modo de ser, así, libre, echando a un lado todas las convicciones de la sociedad. Ella iba a lo suyo. Andaba decidida. Sus piernas se movieron rápidamente y en segundos, cruzó entre las dos súper amigas, dejándole por años lecciones de erotismo y sensualidad.

-Jevito, ¿Cómo estas?- Tan pronto explotó su beso en mi cachete, vi a la distancia los ojos búhos de las dos mujeres que miraban con interrogantes en la cara. -Porfa, dime que puedes comer conmigo. Tengo mucha hambre. Yo te invito-.

Las miré a las tres. Sonreí un poco.

-Claro.- Contesté automático. -¿Dónde quieres ir?-

Capítulo II - (fragmento 3)

A pesar de lo de Gabo, en mi soledad frecuenté algunos cuerpos como si se tratara de una exposición en un museo de arte kitsch. La mayoría me evocaban cosas, caras, ascos misceláneos. Sin embargo, uno que otro me invitó al éxtasis de Santa Teresa, al Olimpo de los griegos, a las orgĭas en honor a Baco, a la pintura surrealista sexual-freudiana de Dalí, a la desnudez de Eric Fischl, a la carnalidad de Nancy Spero, a los diarios de Natasha Merrit, a la Muerte y funeral de Caín según Siqueiros. Sin embargo, mi gusto plástico, mis adentros y mi estética se inclinaban consistentemente hacia una artista, a esa galería de recuerdos y de gestos sarcasticoespeciales para toda ocasión.

Amé a Victoria como nunca a nada a pesar de haber pasado veinticinco meses en silencio. Silencio porque ella esperaba mis palabras y yo esperaba las de ella. Silencio porque nos estancamos en la estupidez innecesaria de esperar. El tiempo corrió. El te amo se nos quedó en la punta de la lengua. Yo hubiera querido escucharlo. También hubiera querido decirle. Y se lo dije, pero fue tarde, al final, a la distancia, en el momento en que el nosotros ya no estaba.

En el instante preciso de la despedida, cuando Sofía y Vic me dieron la espalda aquella tarde de agosto en la universidad, Yoyes, la chica de la confusión al final de la clase de literatura, caminaba hacia mí frente a ellas. Desde la distancia me gritó y el ulular resonó por todo aquello de tal forma, que mi nombre fue un sutil motivo de despiste para todos los que estaban sentados o caminaban frente al teatro clausurado de la universidad y en la Plaza Antonia. Se me pegó una risa insoportable. Era extraño. En la clase hablábamos lo normal. Ahora me gritaba como las locas, con toda la confianza del mundo, en el momento perfecto, como si ella y yo, igual que Sofía y Victoria, fuéramos los mejores amigos de la vida.

Yoyes y yo nos volvimos a ver en la siguiente clase y en todas las clases de literatura que compartimos en el semestre de enero a mayo de 2003. La clase fue de literatura contemporánea. Hablamos de Pessoa, de Borges y Cortazar; de Baudelaire, Javier Bosco, Goethe, Pedro Cabiya y Pérez-Reverte. Hablamos de Saramago, de Los soldados de Salamina, de Quiroga, De García Márquez. Construimos y deconstruimos ficciones, pasiones, soledades, clichés y estereotipos de la gesta narrativa y literaria de Latinoamérica. Hablamos de nuestros escritores favoritos y de lo que habíamos leído. Hablé de Pastor de Moya y de sus connotaciones líricas sobre los callejones cotidianos de la existencia universal y caribeña. Lo presenté hablando de sus fetiches y de sus cuervos, de los cadáveres putrefactos de dos niñas albinas y explicando el mundo desde su perspectiva podrida y deliciosa de la humanidad. La hora y cincuenta minutos se nos fue volando. Nos despedimos. Superamos la timidez típica de los primeros días de clase. Cada cual salió.

Aquella mañana, cuando escuché las primeras conversaciones sobre las letras, tuve ilusiones con mi futura gesta como escritor. Al fin y al cabo es eso lo que quería y lo que he querido siempre. Nunca le he dicho a nadie. Pero sí. Sin embargo, por más que intento, no tengo vocación ni virtud de narrador. Ignoro y violo mil veces las leyes de la puta gramática y de la composición, y si escribo, es, como dijo mi profesor, citando a García Márquez, “porque confío en la luz de lo mucho que he leído en la vida.” Pero no he leído mucho. Basura tal vez. Quería desahogarme.

Si mi madre se entera diría que heredé la pasión literaria de mi padre. Quizás sea cierto. No sé. Según lo que recuerdo, mientras vivimos todos juntos, bajo el mismo techo, jamás vi libro alguno entre sus dedos. Lo único que le vi leer fueron las revistas de Selecciones Reader’s Digest en español que llegaban por correo anunciando sorteos de un millon de dolares, los chistes pendejos de las páginas centrales, la sección de deportes del Nuevo Día, las papeletas de caballos, los titulares en negrillas del San Juan Star. Lo otro que recuerdo es que sólo leía cuando se encerraba a cagar. Pasaba horas tras la puerta del baño matrimonial, con la luz amarilla de cien watts que calentaba más que el diablo, con la ventana cerrada porque no tenía screen y una vela con olor a nada para quemar la peste a mierda. Cuando salía tenía que buscar una toalla y volver a encerrarse para darse un baño de agua fría. Los caldos de sudor le bajaban por los pelos de la espalda, entre la barba, por la cadena de oro de la que cuelga una conga de salsero. La de mamá tenía una virgen y una plantilla en oro con su nombre en cursivo. Digo tenía por que mi papá se la arrancó la vez aquella que intentó asfixiarla en el pasillo. A mi no me gustan las prendas ni el oro. A mi hermanos sí. A los gorditos le pegan las cadenas esas.

En casa fuimos tres: Lya, Antonio y yo. Toñito es el más flaco después de mí, es el más alto y el mayor. Después de grande rebajó la grasa que a mi abuelo tanto le jodía. Lastima que se haya muerto y que no haya podido verlo metido en unos pantalones 32. Tiene veintinueve años, es el brain que mi papá no pudo ser, viste una barba asquerosa y es producto de una relación de la que mi querida madre no ha soltado pista alguna. Antonio se fajó estudiando ingeniería en Mayagüez y tan pronto pudo, se fue de la casa hacia Florida. Yo hubiera hecho lo mismo. Allá se casó y tiene un hogar con una tal Yarsicy; una dominicana “preciosísima”, de Jarabacoa, que le ha parido seis. Lya también se fue. Es mayor que yo por tres años; es rubia química, tiene un cuerpo casi amorfo, es la más enana de los tres, jamás se calla. Me encojona. Verla a ella es ver a mi mamá. Tal para cual. Cuando terminó el bachillerato, voló hacia España para encerrarse en una maestría apestosa en comunicaciones en la Universidad de Complutense, junto a su adorado italiano. Y yo, que soy el menor de la tríada de hermanos y que parezco más un hijo único que otra cosa, decidí quedarme aquí, humilde, madurando un bachillerato pobretón en artes plásticas.

martes, mayo 23, 2006

Capítulo II - (fragmento 2)

Cuando me supe solo tras la ruptura con Victoria, transformé la soledad en libertinaje. Me encerraba entre mis cuatro paredes blancas y navegaba horas muertas por internet, en la computadora que casi podía controlar desde la cama. El cuarto donde crecí es pequeño, la puerta da hacia el pasillo y hacia la escalera oscura que conduce al primer piso. Tiene dos ventanas miami, de hojas blancas, en dos paredes que hacen ángulo; una mira hacia la cocina de la casa de atrás y la otra mira hacia el patio de la de al lado. Por lo demás no tengo mucho. No me gustan los cuartos barrocos llenos de porquerías, posters, fotos, lamparitas psicodélicas, trofeos, paredes con colores ordinarios. Sólo está la cama, el closet, el espejo rectangular detrás de la puerta, una maleta vieja llena de pinturas y pinceles, y la computadora sobre una mesa destartalada, verde monte, que antes fue una barra de madera para el comedor. Con suerte, el viento de afuera sopla duro dentro del cuarto. A veces sopla nada, se vuelve una mierda, un horno incomodo de gas.

Después de Victoria, me sentaba con las ventanas cerradas, sin abanicos ni aire de consola, a buscar contactos posibles en la computadora, encuentros banales que culminaron en desilusiones totales, en camas sudadas de sexo y alcohol. Me sentaba sin reloj frente al monitor, en una silla sin espaldar, arqueando la espalda, comiendo mantecado como los gordos, tomando café o Coca Cola, dejando que la barriga me creciera. Siempre he sido flaco, pero me puse flaco con barriga, una barriga asquerosa, enferma, como traída de Somalia. Contacté así a Nilmar: una morenita fácil de Guaynabo, con más tetas que cerebro, con más culo que entrepierna. Nunca se quejó. Con ella me fue bien. No hubo mete y saca pero experimenté el salvajismo de frotarnos y aprendí, en su cama de agua, a complacer a una mujer con los piquetes de la lengua. No se afeitaba, olía extraño, el bollo le sabía a carne vieja, el plato favorito de mi madre. También, por internet, conocí a Wilmer John y a Abimael. Abimael era bajito, demasiado gordo para mi gusto. Era peludo de pecho, varonil, con antebrazos de obrero, nalgón. No hablamos mucho por teléfono, quedamos en que me vendría a visitar. Mañana voy a estar por tu casa, me dijo. Y vino al otro día. Trajo comida de Mc Donald’s, hablamos de estupideces, le enseñé mis cuadros, evadimos lo que queríamos hacer. Él era mayor, rozaba los treinta, yo tenía veintiuno en ese entonces. Se decidió, se levantó de la mesa, caminó hacia mí, me agarró por el cuello, me besó asquerosamente acompañado del sabor a pepinillos y a cebolla del Big Mac. Pero eso fue lo de menos. Odio a la gente que no sabe besar, que asumen que los besos son mordidas. Tuvimos un preámbulo de roces tontos en el centro de la sala, se arrodilló, chupó mis sales, le hundí lo mío. Te mentí Ricardo. Tampoco fuiste mi primera vez.

Nunca supe si le gustó o no. No gritó, no dijo nada, se mantuvo en silencio, calladito como un niño bueno. A mi me gusta que griten, que se manifiesten, que me digas sí cuando pregunto si te gusta. Sin embargo, lo de nosotros se repitió algunas veces después de los juegos de su equipo. Lo de él era secreto, era figura publica, un apellido conocido en el deporte de la isla. Él me regalaba las taquillas. Era dirigente de un equipo de beisbol profesional. Una que otra vez tuve las nalgas de sus peloteros de frente. Pero sólo las miré. Nunca hice nada. Con Wilmer fue otra cosa. Hablamos casi un año por teléfono. Entre él y yo no hubo acció carnal. Nos vimos una vez.

Abuelo hubiera estado orgulloso de mí si le hubiese dicho que tuve acercamientos con el beisbol. Claro, siempre y cuando no le dijera que tipo de acercamientos tuve. Él fue pelotero. Quería de sus nietos lo mismo. Si hubiéramos vivido cerca, de seguro hubiera perdido mis primeros años metido en un equipo de pelota infantil. Pero no. Gracias a dios que nos mudamos lejos. Mi hermano fue el que sufrió las consecuencias. No sé si fue duro para él. Para mi sí. Él se crió con mis abuelos, alejado de nosotros por problemas con mi papá, en uno de los montes de Aibonito, sin más distracción que un río lleno de vilarcia y vacas, y un parque de pelota lleno de fango y de guineas. A las malas lo hicieron pelotero. Toñito vete a correr que horita tienes practica. Y Toñito se emperraba, era fofo, rojizo, gordito como todos los de mi familia, excepto yo. Se ponía una bolsa negra de basura, le abría dos rotos para sacar los brazos y un roto para sacar la cabeza de huevo y las orejas de elefante. Andrés vente, acompáñame. Yo me negaba. Tenía que correr por la orilla de una carretera endemoniada, evitando los carros, llena de curvas y flamboyanes, con una pared continua de piedra caliza gris cortada a un lado y un precipicio hacia el río por el otro. Una hora Toñito. Después vienes a comer. En una hora Toñito llegaba sudado, rojísimo, con la bolsa aquella por encima, hambriento, jodido, muerto de sed. Nunca le hablaba a abuelo cuando viraba. Le tenía rabia. Se metía al cuarto de los dos, más suyo que mío y yo corría por presentamiento detrás de él. El tenía trece en ese entonces. Yo tenía siete. Siempre se quitaba la bolsa frente a un espejo feísimo decorado con ramas de eucalipto y flores rojas de embuste que abuela había enganchado en nuestro cuarto. Se quitaba la camisa, respiraba entrecortado, sudaba casi llorando, luego se miraba en el reflejo. Igual de Gordo, le decía abuelo cuando abría la puerta y lo descubría mirándose. No importa Toñito tu eres un pitcher, no necesitas la barriga para nada. Cállate. Déjame quieto. Vengan a comer, gritaba abuela. No llores Toñito. Pollo frito con papas y bizcocho de vainilla. Los hombres no lloran. Yo me ponía a llorar también
Con Abimael y Wilmer me enredé en amistades turbias de las que sólo aproveché lo que quería. Era un interesado. Lo confieso. No hay otra verdad. Me la pasé echando a un lado los gestos sensibles para convertirme en una maquinita sexual, en un ser irracional, prematuro, inmaduro, incapaz de pensar en el amor, en sentimientos, corazones, en ilusiones extrañas. Me convertí en un buscador como quien hurga en la basura buscando el aluminio de las latas de cerveza para venderlo y subsistir. Buscaba cuerpecitos desechables con los que pudiera saciar el hambre que me nacía entre las piernas. No obstante, y lo mejor de lo peor que me pasó, es que en aquel vaivén de aguas sucias, de encuentros banales, encontré por vez primera la compañía menos problemática de todas. Y es que Wilmer, por no someterme a los antojos de su confeso “amor”, terminó siendo mi enemigo y me dejó, en el transcurso trivial de su amistad fatal, el primer amigo real en mucho tiempo.

Conocí a Gabriel, un teatrero, en medio de una de esas conferencias telefónicas extrañas en las que mi famoso enemigo, con la insistencia que usó para hostigar y aborrecerme, intentaba arrancarle palabras de las vísceras a sus amigos con las que confesaran sus secretas atracciones por los hombres. ¿Y tu no haz hecho nada con tus primos? ¿No te has bañado con ellos de casualidad? Por favor, siempre pasa algo. ¿Quién no se ha tocado con un primo? Yo guardaba silencio. Estaba en medio de la conferencia pero Gabo no sabia que yo estaba allí.

-¿Nunca le has visto el guevo a nadie?-

-No.-

-¿Y no te da curiosidad? ¿Tu no sabes que un tipo sabe complacer a otro hombre, que sabe cuales son sus puntos débiles, que hace lo que le gusta que le hagan?-

-No.-

-Si no me quieres decir no me digas, pero se te oye en la voz. Tú haz estado con un macho, no me mientas. Yo lo sé. Y te entiendo. Yo he estado con algunos pero no me gusta decirlo a veces. Tranquilo. Voy a darte tiempo. En par de meses me vas a llamar y me vas a contar. Entonces me voy a reír de ti. Me voy a acordar de esto.-

No sé cómo carajos conseguía los números. Él siempre me llamaba y me dejaba en la línea para que escuchara sus conversaciones sobre cómo sonsacaba a un par de chamaquitos, menores todos, entre catorce y dieciséis. Los invitaba a tocarse, les preguntaba que qué tenían puesto. Siempre caían, desembuchaban, hablaban todo. Yo no lo creía, me daba asco, o pena, que se yo; nunca pude separarme del teléfono. Un día apareció la voz ronca de Gabriel en la línea, entre medio de la preguntadera. Pero Gabo no cedió. Fue todo un macho. No se dejó manipular. Tal vez por eso me cayó bien a la primera. Después de aquello yo siempre escuchaba las conversaciones de los dos. Me mantenía en silencio, entretenido, queriendo conocerlo. Oía cosas de su vida que se parecían a las mías. Después me convencí de que éramos iguales, que no éramos iguales a los demás. Un día Wilmer nos presentó. Hablamos los tres en conferencia. Le caí bien a Gabo, lo repitió mil veces. Y ahí el error. Wilmer no quería eso, no podía compartirme, se había enamorado de mí. Peleamos un poco, tenía celos, no quiso que nosotros habláramos si él no estaba en la línea. Lo mandé al carajo, lo insulté, corté la llamadera. Meses después Gabriel me llamó desde su casa, me explicó cómo consiguió mi número de celular, me confesó en privado una masturbación compartida con un amigo de su barrio.

Supe, a partir de aquello, que nuestra confianza alcanzó limites que ninguno de los dos imaginamos. Desde entonces fue mi amigo más real. Nos parecíamos en todo. Nos gustaba el arte, el teatro y la literatura. Nos gustaban los hombres y las mujeres; nos gustaba el ron, la marihuana, el sexo y el café. Al final también nos gustamos. Así caímos en algo que nunca se llamó carnalidad ni amor. Aquello jamás podría describirse entre palabras. Fuimos mejores amigos pero disfrutamos nuestros cuerpos con la pasión de dos amantes. Fuimos un algo; un no sé.

lunes, mayo 22, 2006

Capítulo II - (fragmento 1)

Era rutina en agosto que la universidad acogiera alumnos nuevos. Yo no era nuevo. Estaba en mi último semestre antes de graduarme. Empecé en el 1998. Para ese entonces estaba perdido, era un inmaduro, un pila de mierda que creía que se lo sabía todo. Pero la universidad me cambió. Yo no sabía nada. Un profesor de español me enseñó en las primeras semanas de mi primer año cómo preparar cócteles Molotov. La clase de español fue sobre la nación, la globalización, la ETA, sobre las alteraciones genéticas en los tomates, sobre las transnacionales, sobre la intención de la Pepsi de comprar los derechos del color azul, sobre Monsanto. Una profesora me ayudó a odiar a Shakespeare, otro me enseñó a tocarme con Pastor de Moya, un compañero me enseñó a enrolar en Payton Place y a hacer pipas con Magic Markers. Dejé de usar desodorante, quise hacerme dreadlocks, empecé a hacer graffiti, a leer de Buda y del Corán, a experimentar con el metal y la escultura. Deserté de la clase de filosofía. No me interesaba Kafka, ni Kant, Nietzsche ni Marx, ni Jacques Derrida. Fui borracho mil veces a coger mis clases; en vez de ir a las clases me iba de excursión a alguna playa. Hice amistades. Tuve amantes. Me enseñaron a leer cosas buenas, hubo gente que creyó en lo que escribía, nunca escribí sobre el amor. En 2001, un año después de Victoria, siete meses después de Sofía, tuve un encuentro furtivo con una española que vino de intercambio. Elena se llamaba. Elenita, la españolita. Una jeva alta como un poste, blanquísima, de pelo negro corto sobre las clavículas, que me enseñó un poco de poesía. Siempre andaba en faldas flamencas y en plataformas. Tenía troncos blancuzcos por piernas. Los muslos gordos. Su sexo grande, tibio, carnoso y oloroso a maní. No sé. Siempre se lo dije. A mí tu coño me huele a maní. Nos frecuentamos varias veces. Cogíamos con gula, hasta el cansancio. Me dejaba eslechao, sin sangre para el bombeo. Desarrollé con ella la técnica que aprendí en el cuarto de Sofía. Gritaba como nadie, se abría de par en par como El hombre del Vitrubio de Leonardo, con los ojos puestos en la nada, lubricando intensamente como quien abre el grifo de un barril y mana vino añejo. Pasábamos horas en su apartamento en la Calle Madrid de Santa Rita, con las puertas negras del balcón abiertas al apartamento de unas viejas protestantes que no hacían otra cosa que mirar por las ventanas a la hora del templete nuestro. Siempre cogíamos mirando hacia allá. Me daba risa. Esperábamos a que las cortinas verticales se movieran un poco y entonces Elenita les gritaba duro, desde el balcón opuesto, del otro lado de la calle.

-Envidiosas-. Decía ella arrastrando la s esa. –Apuesto a que se tocan los coños detrás de la cortina.- Hablaba y gritaba un poco más. –Venga, miren sin miedos tías que a su edad ya no se saben de estas cosas.- Y yo me reía. Me salía fuera de ritmo. Tenía que volver a ponerle la pinga en el carril.

Fue la única mujer con la que cogí mientras estuve en la universidad. Bueno, después vino Yoyes, pero fue al final, en el 2003. A Yoyes la conocí en una clase. Por confusión. Pero no mía. La clase de literatura se había acabado. Fui el último en salir. No llevaba bulto esa mañana. No me dio tiempo a reaccionar. Entró y me miró. Y la miré, pero como si mis ojos reaccionaran al magneto de su cuerpo. Tenía la cabeza rapada, era pecosa, los pechos se le translucían bajo el algodón desgastado de su camisa azul añil, la piel era entre achiote y rosado, las caderas perfectas, los ojos de café.

-Profesor, permiso, tuve un problema con la numeración del salón, además de que el salón está escondido. Con todo el respeto, pero no es mi culpa.- Escuché aquello y embrutecí. Me dieron ganas de reír pero no pude. Ella estaba seria, demasiado parada, con la frente en alto, me había dicho profesor. Intenté explicarle pero no me dejó, hablaba con una rapidez y una seguridad que impedían cortarle el argumento. Sólo la mire apendejado, medio bruto, queriendo entender por qué carajos aquella chica de mi edad, había visto en mi flacura, en mis veintitrés, la figura de un profesor de literatura. No sabía si era una broma, no sabía quien demonios era aquella chica ni de donde había salido. Pero era hermosa. Tenía actitud. Viré la cara hacia la ventana y me perdí en la Plaza Antonia, en el cuadrángulo y las palmas, entre las copas de los árboles y la torre de la universidad. -Profesor, discúlpeme, no lo quiero interrumpir, pero es que no creo que sea un atrevimiento quejarme de la mala ubicación. Yo sé que soy responsable del material, no vine excusarme por haber llegado tarde. Sólo quería saber donde estaba el salón para no volverme a perder. Y nada. Eso es todo.- No sé. Es cierto que se había confundido ridículamente y que yo no era el tipo, el catedrático, el nombre que buscaba pero fantaseé por un momento. Yo profesor. Ella mi estudiante. Fue rico. La mano alzada. Reuniones de oficina entre los dos. Se me paró. Me mató su tonito seguro y decidido; levemente jactancioso pero igualmente encantador.

-Amiga.- Lancé una leve sonrisa seductora. Siempre que estoy en esa situación la voz se me atrofia. Intento hablar claro. Termino hablando feísimo. -Acepto que el salón “queda en una de las esquinas del mundo”, pero, lamentablemente, no soy el profesor. Es una profesora y acaba de salir. Quizás te cruzaste con ella en el pasillo. La clase estuvo divina. Te la perdiste. -Hubo un silencio entre los dos, un poco incomodo. Me miró. No quiso sonreír. Me sentí estúpido soltando aquella frase. Recordé a Victoria diciéndome filosofo barato con una ceja alzada, burlándose de mí con su risita masculina, poco pegajosa, detestable. –Viste, igual no importa. Mucho gusto. Soy Andrés. Creo que nos veremos par de veces por aquí.– Extendí mi mano esperando un saludo cortés pero ella me lanzó coquetería con los ojos, dijo gracias, después, de espaldas, dijo adiós.

Lo otro fue con hombres. Con hombres duros, oloros a sudor; no loquitas afeminadas olorosas a Lolita Lempicka o a Chanel no. 5. Y yo tranquilo, robándole lo suyo, apropiándome de sus manías, de sus ganas de meterse en un gimnasio. Después fui yo el que me matriculé. Estuve un tiempo engordándome los musculos. Después me quité. Y rebajé. Volví luego. Y así; un entra y sale, como todo en mi vida. Con Isander aprendí a beber Cuba libre y Whisky, fuerte, a lo macho, para pasar por desapercibido. A Miguel le robé el temperamento, el sarcasmo insoportable que me nace cada vez que me pongo a discutir. De Andy me robé la afición por los tatuajes. Con Gabo aprendí a dejarme la barba. A Ricky le robé la forma de vestir.

Yo no había visto a Victoria desde aquella tarde de febrero en la que recién estrenaba mis veinte. Con aquella inundación catastrófica-apestosa, los dos años y un mes que llevábamos juntos, culminaron. No fue quien para hablar de frente y lanzarme, con el corazón en los ojos, o en la boca, las palabras asesinas de un amor que algún día pensamos, duraría para siempre. Nuestras conversaciones finales se redujeron al martirio de las llamadas telefónicas, donde los vocablos monstruosos, el llanto, la ironía y el sarcasmo, tuvieron doble participación. Ella se vació escupiéndome desilusiones contenidas por meses y al final, se arriesgó a perderme. Más tarde comprendí que claro, había sido yo quien arriesgó más en todo esto. Y ya no hubo vuelta atrás. Perdí así a la mujer que amé, y que amo, lo sabes, por una jodia noche donde el ron y la carne ajena me supieron conquistar. No tuve control. Yo no quería.

A principios de mi último semestre pude verla nuevamente. Agosto 2003. No sé por qué carajos pero Sofía caminaba con ella de paseo por la universidad. Me saludó emocionada. Me quedé muy quieto. Corrió un poco, estiró los brazos y me abrazó con ganas. Me confundí. Victoria no me saludó. Tampoco hizo gesto alguno. Pero no me importó, en serio. No me hacía falta. Me confundió Sofía que andaba con ella,dando brinquitos y grititos, riéndose como si fueran las mejores amigas de la infancia, como si desde niñas durmieran juntas en una misma cama, como si fueran confidentes, como las que se cuentan los secretos del amor y se echan a llorar creyendo que las cosas duelen menos cuando se comparten. Patético. Odio ese lazo entre las hembras. Aburre. Sencillamente, entre mi ex-novia y yo, no lloraron las palabras. Éramos desconocidos jugando a serlo. No invertí mi tiempo en eso. Quería cuestionarle a Sofía, quería escuchar lo que me iba a decir. Pero no me lo dijo. Tampoco pregunté. Casi ni hablamos. Nos miramos un poco. Victoria me miró. Me dolió su mirada. Me dolió saber también que guardaba armas letales bajo la piel. Quizás por eso preferí no ser muy expresivo y me limité a las preguntas ligeras de su amiga, que es la mía también. Al final me despedí de Sofía. Victoria sólo dijo adiós. Adiós a la distancia. Adiós. Sencillamente adiós. Esa maldita palabra selló nuestro noviazgo. Por eso me la repetiste aquella tarde, quizás con la intención de aplastarme cualquier ilusión que floreciera. Tu adiós me recordó mi condición de soltero, gracias, de veras, también me festejó la sutil capacidad para joder cosas perfectas.

Capítulo I - (fragmento 4)

-El resto me lo dices tú.-

-¿Pero qué quieres que te diga? Eso fue lo que pasó, yo te lo había dicho, que me había pasado algo. Te lo dije y me sacaste las palabras. ¿No te acuerdas? “¿Qué fue lo que pasó Andrés? ¿Que amaneciste con un hombre?" Me pareció fuertisima la pregunta. Me obligaste a mirarte. Después te contesté que sí.-

-¿Estas seguro? ¿Me lo dijiste?-

-¡Te lo dije si! Estábamos caminando por la Plaza del Quinto Centenario, yo quería explicarte por qué me había desaparecido el fin de semana de mi cumpleaños. Te lo dije, te conté lo que pasó. Eras mi mejor amiga.¿Y tu qué? Me dijiste que eso no era nada. Y me molesté, claro. Eso no era lo que yo quería escuchar. Quería que me gritaras mil veces, que te pusieras en el lugar de Victoria, que me dieras un puñetazo encima de los ojos, que me abofetearas sin pensarlo.-

-¿Pero por qué? Si yo no te juzgué Andrés, yo te entendí.-

-¡No sé chica! Tal vez ese ha sido el problema siempre, que las jodias mujeres no me juzgan, que me entienden, que se enternecen conmigo. ¡Y yo no quiero eso! Quiero me dejen saber que estoy haciendo las cosas mal, que asuman actitud, que me agarren de una mano y me conduzcan por otro camino. Las mujeres no ven que sólo quiero estar con ellas, que no las sé tratar pero que me muero por hacerlo, que necesito que me digan todos los días que soy su hombre, que me ayuden a sentirlo. Pero el hecho es que eso es lo que no pasa. Asimilan las cosas más que yo, no les importa y yo no sé agradecerlo, no se dar el máximo para aprovecharme de eso. ¿Cuantos tipos por ahí, que están en las mismas que yo, no darían la vida por conseguir a una buena hembra que acepte lo que son? Pero nunca las consiguen. Yo he tenido una. Antes de Victoria tenía una jevita. Salíamos a la misma vez que yo experimentaba con Waldemar. Y ella sabía de mí. Y no le importó. Pero no, no me quedé ahí. Me hubiera aprovechado. Pero no lo hice.-

-Aprovechar no es la palabra Andrés. No se trata de aprovecharte de la situación y meterte con la primera mujer que decida entenderte, que decida envolverse contigo sin importarle tu pasado o lo que estés haciendo. ¿Qué carajos es lo que quieres de verdad? Pregúntatelo. Tampoco se trata de que la mujer que te entienda tenga que entender tu necesidad de engañarla con los hombres cuando se te antoje. Te equivocaste.-

-El hecho es que no necesito una mujer que me entienda. Necesito una mujer que me viole y ya. Y punto. Que me emborrache de sexo. Soy malísimo para el preámbulo, para la labia, para tenderle la camita a una hembra y llevármela a chingar como quisiera. Necesito una primera vez. ¿No entiendes?-

-¿Nunca has estado con una mujer? ¿Ni con victoria?- Puso la cara de bruta y me escuchó.

-Penetración no. Con Victoria tampoco. No es que las cosas no hayan pasado por que no quiero, es que tengo un terror a que todo me salga mal. Y lo sé, sé que no puedo saberlo si no lo intento. Pero me asusta, me bloquea hacerme a la idea de que una mujer me diga en una cama lo que me falta por hacer o me cuestione el por qué tengo el guevo “flácido”.-

- Ay por favor.-

-¿Qué pasa?-

-Nada. ¿Y con los hombres qué?-

-¿Cómo que qué?¿Que si he estado con más hombres?-

-Si.-

-Pues si, he estado con hombres. Sólo sexo. Nada de amor. Pero lo juro, el día que yo esté con una mujer ahí se cae lo otro, en serio. Con los hombres es extraño, es otra cosa, no hay temor. Con las mujeres sí por que creo que no voy a satisfacerlas, por que a la hora de la cama no sé si mi erección sea a la séptima potencia.-

-¿Que es esa mierda de erección a la séptima potencia chico?- Me gritó ofendida, asombrada, feminista. -Eso no se necesita. Claro, a menos que te acuestes con una puta barata que se reiría sin parar a la primera que te vea el guevo muerto. Pero no es así Andrés. Despierta. Yo no sé cómo te criaron ni cómo criaron a los hombres de esta isla pero las mujeres también tienen sus miedos. Yo tengo los míos. Soy virgen todavía. He tenido jevos que me dejan por eso y he tenido otros que sólo han querido firmar su estreno en mí. Tengo miedo a no ser bonita, a que cuando me quite la ropa un hombre no vea en mí lo mismo.-

-Yo también tengo miedo. Pero claro, es ese miedo a que no se me pare y-

-¡Cabrón! Maldito machista.-

-Dime algo que no sepa, por favor.-

-¡Que yo te violaría Andrés! En serio.- Sofía soltó aquello sin pensar. Un brillo extraño le apareció detrás de las canicas verdes de sus ojos. Mi mirada se concentró en su boca redonda, poco carnosa pero bella. Fue la primera vez que la miré así, de otra forma. Sofía era mi amiga, la mejor. Nunca la vi con otros ojos. Pero ese día se me volcó la mente. Era una posibilidad. Ella quería. A veces, de reojo, le había visto el cuerpo enjabonado por un huequito en la pared, había visto sus tetas en unas fotografías artísticas que un compañero le había tirado en el taller, la había visto besarse con sus novios de una forma frenética, casi ilegal. Todo se volvió silencio en ese instante. Alce la mano, le acaricié la cara, cerró los ojos, jugué con su enredo de pelo marrón, abrió los ojos, la miré descaradamente, sonreí. El cosquilleo me subía. Le vi el cuerpo desnudo bajo la ropa. Estaba sin brasier. -¿Me oíste? Pero también estaría bien perdida. Tú, virgen con las mujeres, y yo, virgen desde niña. Sería extraño. Estaríamos perdidos los dos.-

-Yo no estaría perdido.- Se lo dije sonreído. -Ya sé lo que hay que hacer. Aunque no. También seria mi primera vez con una hembra. ¿Sabes? Cuando yo era un chamaquito y los demás pensaban en estrenarse con las viejas, o con las nenas mayores que ellos, yo pensaba en estrenarme así. Quería eso, quería perderme, que nos doliera a los dos, que fuéramos brutos pero que lo descubriéramos juntos; abrazados.-

-Bueno.-

-Ahí se me reinventaría la historia Sofía. Pero es que realmente a mi me da terror. Yo siempre me pongo en la mente de la gente, me pongo en el lugar del otro antes de hacer, antes de estar. Siempre he creído que cuando llegue ese día, ese momento, la mujer va a estar esperando más de mí que lo que yo espero. Y me frustra. Yo quiero que las cosas se den sin esperar nada, que nos dejemos llevar. Yo le huyo a esa tensión de si salen las cosas bien o mal, que si la complazco o no, que si se sentirá completa con lo que yo le doy o le pueda dar en una cama.-

-¡Ay por Dios! En el fondo somos animales Andrés, eso sale por instinto. Nadie le enseña a los conejos a chingar. Preocúpate por ser amable, por ser calido, no por tu performance. En serio. Nadie tendría sexo si todos se preocuparan tanto por ello. ¿Tú naciste sabiendo escribir? ¿Naciste sabiendo pintar?-

-No.-

-Pues entonces cállate. Algún día te llamaré para invitarte a las tantas de la noche a mi departamento para que veas lo que es estar perdido en una cama, para que tengamos nuestro fucking grandioso estreno.-

Cuatro semanas más tarde me llamó. Nos habitamos. Cogimos rico. Fue mi primera vez.

Miles Davis sonaba al fondo. Gris. Ese 16 de febrero nunca paró de llover. San Juan estaba bajo agua, los puentes bajo agua, Condado y Barrio Obrero unificados bajo el agua. Los enseres se dañaron. La escalera de la casa estaba atragantada. Hedía. Mi cama comenzó a flotar. Silencio. El vaivén de los recuerdos, actos pasados, oscuridades carnales, placeres pequeños. El cielo, que antes se había trasladado de la intemperie al techo, se me movió tras la mirada. Llovió en mis ojos como hacía mucho no llovía. La casa se volvió penumbras. Los peces me rodearon. El celular nadó hacia el fondo. El Quibú. Los muchachitos. El agua pura.

sábado, mayo 20, 2006

Capítulo I - (fragmento 3)

Luego del portazo de despedida, sonaron a lo lejos los besos del motor. Me quedé muy quieto; imaginando actos donde pudiera desprenderme de aquella olla de explicaciones fallidas. Luego de un lapso, toqué mis labios gordos como quien busca en una boca las palabras que no se han podido digerir. Supe, a partir de aquel momento, que tendría como prioridad restaurar los lindes rotos en instantes. Supe, desde entonces, que Victoria no me creyó en lo absoluto y tuve, a modo de pinchazos finos en el corazón, la duda inmensa de si mis secretos habían sido descubiertos. Me levanté de la mesa y me encerré en la cocina. Serví otro café. Me gustan sin azúcar. Abuela decía que el que bebe café amargo se le endulza la vida. Me da igual. Nunca le creí. Yo no creo en esas cosas. Volví al comedor. Me senté en silencio. No sé cuantos minutos perdí embobado mirando el aguacero tras el cristal. La cuneta se había vuelto un lago. Los muchachitos de mi calle corrían descalzos, como locos, brincaban sobre el agua provocando explosiones, la recogían en cubos y después se la tiraban como si fuera agua de manantial. Leí una vez un cuento de Pedro Juan en el que describía las aguas del Quibú. Cuando era niño él creía que todos los ríos del mundo eran de mierda, por eso cuando vio un río, con agua de verdad, cristalino, tuvo que pararse en un piedra y preguntar en voz alta cómo era posible separar lo uno de lo otro. El agua de la cuneta no es marrón, es cierto, pero apesta y ellos juegan ahí, se tiran agua a la cara, se relamben y sonríen sin saber. La infancia es inocente. A veces duele, a veces no. A veces es mejor jugar, y corretear y joder por todos lados.

Los muchachitos desaparecieron, subieron calle arriba, quizás buscando el manantial, quizás quieren aprovechar el declive de la calle para tirarse en una balsa. Creo que ellos saben dividir las aguas. Quizás hay instrucciones en Internet. Me levanté, busqué el CD rosado de Miles Davis que le había robado a mi hermana un día de esos que no recuerdo y lo coloqué en la boca del estéreo. La casa se inundó con lo mejor del jazz. Cuando escuché el preludio de los monólogos de trompeta, subí a mi cuarto y me dejé caer sobre la cama. Creo que después no me hubiera podido levantar aunque quisiera. Estaba hundido en el matre, con algo parecido a una parálisis. Allí, inerte, tendido boca arriba, me bañé con la llovizna de otro cielo que sabía, olía, a mis encuentros predilectos. Me vi a mis dieciséis años estrenando la Trooper azul de un compañero de la escuela. Escuchábamos una canción de Shaggy. Nos mirábamos muy poco. Masticábamos chicles de mentas. No eramos tontos. Sabíamos lo que venía. Alzó la mano venosa, me la enroscó detrás del cuello, le toqué la cara, aun imberbe, y nos besamos con deseo. Era de noche, como las nueve. Estábamos estacionados bajo los árboles de corcho junto a la plaza de recreo. Mi puerta daba a la puerta inmensa de la iglesia. You are my angel. Me tocó por debajo de la camisa. Posó sus dedos sobre el zipper de mi mahón. Abrió el botón. Olió el detergente de mi calzoncillo. You are my darling. Metió su mano aspera. Saboreó lo mío.
Yo no sabía nada de la vida para ese entonces pero la vida en ese instante se me convirtió en un cosquilleo, en el roce leve de sus dientes sobre el glande, en una quemazón que me salía por la boca. Shaggy cantaba de fondo. El coro se nos repetía. Yo miraba a todos lados, paranoico, buscando las sirenas azules de la policía que resonaban en mi mente, evitando que los carros aburridos de la noche se detuvieran y miraran adentro de la guagua por curiosidad. No aguantaba. No sabía la magnitud de lo que yo tenía entre las piernas. Necesitaba tocarme pero no podía. Era un adicto. Él seguía allí, hundido. Su pantalón hervía. Le desabroché la correa con dificultad. Palpé su calzoncillo como todo un aprendiz. Aun lo toco con mis dedos. Me sé el engranaje de los hilos, de la fibra, los agujeros de la aguja y la costura. Sentía los cuadritos microscópicos de la tela, después sentí el ardor, su bulto enorme hacia la izquierda, mi trago espeso en las fauces de su boca. Morí. No me avisaron. No sé que día fue. Soy malo para las fechas. Pero morí. Lo juro. Nadie me dijo que yo soltaba blanco de la misma forma en que soltaba el amarillo. En casa me hablaron de sexo, del anal, del oral, del vaginal. Me hablaron de la pose del chivo, de la columna africana, de la posición coclear, de la número veinte, de la perruna, de la sesenta y nueve, de la cuarenta y dos. Sabía todo pero nunca me dijeron que yo meaba blanco, que la fricción y el sube y baja de una mano provocaba tantas cosas poderosas. Creía que eso del mete y saca era algo estrictamente automático, que terminaba en el momento en que cualquiera de los dos se aburriera, se rindiera, se durmiera o no aguantara más. No supe lo que era una masturbación, una eyaculación o el coito hasta mis dieciséis. Antes de eso me habían hablado de lo mecánico; de lo básico sin bases. Por eso me aterré cuando vi aquel blanco viscoso en la boca suya. Él me explicó. Quedé encantado. Luego el adicto fui yo.

Perdóname Victoria. De veras. Yo hubiera querido ser lo querias. Pero no pude. Te mentí desde el principio. Tu no me estrenaste. Me estrenó un amigo mío, el rubio, Waldemar, de todos mis amigos el mejor que te caía, el mismo que creías que quería seducirte, el mismo que nos llevó tantas veces a pasear por Isla Verde en una Trooper apestosa. Pero es verdad que yo te amé y que te amo todavía, en presente, igual que lo amo a él, no a Waldemar sino a Ricardo. Quizás no me perdones ni me entiendas, y no me importa, el desahogo me obligó a escribir. Aquella tarde fue una mierda. La lluvia me pone nostálgico, por eso la aborrezco. Lloré un poco. Maquiné. Me vi entre escenas porno, experimentando los placeres de carnes gemelas, con las ganas de vomitar cada vez que me metía en el cuerpo de los hombres, cada vez que me besaba con dos lenguas. Al principio era así. Lo juro. Yo no quería. Yo sé que no me entiendes. Los hombres nunca me gustaron. Me gustaba su virilidad, el ego ese que me faltaba, que me hacía menos, en el gesto, en el caminar, en el olor del cuerpo, bajo las axilas. Acostarme con ellos era algo parecido a robar. Y robé. Robé demasiado. Robé por ti, antes de estar contigo y después, por que tú eras mujer, todo lo que quise siempre, porque quería estar a tu altura, para que me presentaras como querías frente a tus amigos del colegio, frente a tus tíos que secreteaban mi fragilidad, frente a tu hermana que a veces se confundía y me decía chica en vez de chico, frente a tu mamá que me trataba como a otra hija. Yo quería robarle esa virilidad para hacerme el hombre que mi madre quiso tener, para que las cosas contigo y con las hembras me salieran. Y lo logré. En serio. Después de ti... Y antes que Ricardo.

viernes, mayo 19, 2006

Capítulo I - (fragmento 2)

El día era negro y blanco. El mar estaba quieto. No había nubes. Yo caminaba desnudo sobre el mar. En la mano izquierda nada. En la derecha una silla de madera. Entre las piernas una erección. No encontraba sitio en donde sentarme. Miraba a todos lados. Si ponía la silla se hundía. Yo no. El timbrazo del teléfono me despertó. Miré el reloj. 3:27pm. Había pasado mucho tiempo. Reaccioné. Corrí escaleras abajo, desde la cama, con la esperanza de que no fuera Victoria o que si era ella no colgara. Encontré el teléfono en la cocina. Me faltaba señal. Corrí hacia el comedor. Victoria se repetía en la pantalla. Se me cortaron las palabras. En el último minuto contesté en silencio. Enganché. Después sonó el trueno tras la puerta principal. Para cuando pude voltearme ya era tarde. La vidriera lo transparentaba todo hacia el exterior. Las cortinas blancas estaban abiertas. Victoria estaba allí, al otro lado del cristal, mirándome junto a la puerta, con el celular en una mano, una caja de cartón en la derecha y con el rostro distrofiado de un furor que parecía más el rostro de un engendro pintado por Francis Bacon que el de la mujer que amo. Dudé. No supe que hacer. Tranquilo Andrés, no pasa nada. Pensé en retroceder; en dar la espalda y esconderme de nuevo en la cocina. Te jodiste. Ya te vio. A la distancia le vi los ojos. Miamor. Di un paso atras. Reconocí tanta furia en ella que supe que podría tirar la puerta con un solo dedo si se lo propusiera. No lo pensé dos veces. Le abrí. Di media vuelta y me senté, con la mirada medio perdida, en una de las sillas del comedor. Victoria caminó detrás de mí, al compás de mis pasos, empapada, afuera no paraba de llover. Traía la camisa empapada, adherida al cuerpo por el peso del agua. Los rizos mojados, las gotas de la lluvia deslizándose sobre su cara, la boca dura, el ceño fruncido. Regaló un portazo de saludo y se sentó al otro lado de la mesa, frente mis ojos, bajo la lámpara oxidada que formaba parte de mi apocada colección de artefactos favoritos.

-No te voy a decir absolutamente nada. Quiero escuchar lo que me vas a decir.– Habló con la voz fría y con la ceja izquierda mucho más alta que la otra. Me quedé mirándola por un momento. Victoria es una galería de gestos sarcásticoespeciales para toda ocasión.

-¿Qué quieres que te diga? ¿”Soy un cabrón Victoria, perdóname miamor”? Esta vez no tengo excusas. No voy a inventarte explicaciones por lo de anoche.- Con ella mi hablar es una mierda. Siempre me tengo que limitar. Suelto alguna palabrita bonita y me dice filosofo barato. Y eso me jode. Por eso prefiero dejar para otro momento la palabrería perfecta, la romántica, o la retórica intelectual que se me queda en el cielo de la boca cada vez que intimo en solitario con mis libros. A ella le gusta que le hable normal, a veces fuerte, a veces sucio. – Ayer no me sentía bien. No fue el mejor día. En serio. Quería estar solo. Deberías entenderme. El año pasado te pasó lo mismo a ti. Cumpliste años y nadie se dignó en llamarte. Ayer tú fuiste la única que se acordó. Mis amigos nunca me llamaron, sigo peleado con papá, mi hermana está demasiado ocupada con sus cosas, mi madre tampoco me llamó. Sólo dejó, antes de irse, una tarjeta de felicitaciones horrible debajo de la cama, que pisé horita de casualidad cuando oí el teléfono y bajé corriendo a buscarlo.–

-¿Y que más?-

-Más nada. No sé. No sabía que decirte, eso es todo. Sé que me vas a decir que no tengo excusas pero ya te dije. Me sentía mal y ya. Me acosté y me levantó el celular casi ahora. No sabía que me iba a levantar tan tarde. Me tomé unas pastillas. Tú sabes que no me gusta tenerte de malas. Odio estar peleánd–

-Mira Andrés, a mi me importa un carajo si te gusta o no tenerme de buenas o de malas.-Victoria me gritó como una loca, como quien explota en un segundo. Le faltó muy poco para extender la mano, arrugada por el agua, arrancar la lámpara vieja de latón que el viento mecía sobre nosotros y con ella, de mala gana y a cantazos, romperme y distrofiarme la bocota con tal de que no dijera más estupideces. –No te hagas el pendejo. Nosotros quedamos en algo ayer. Digo, al menos eso creo. O sea no sé si te acuerdas pero hablé contigo cuando salí de la universidad y me dijiste que sí rapidito, que querías pasar la noche conmigo. Pero no. No apareciste nunca. Y yo, tan entupida, me quedé esperándote como siempre. Te compré un bizcocho y me vestí bonita. ¡Pero el nene se sentía mal! Bendito. De buenas a primeras te da un arrebato emocional, te pones depresivo y me apagas el teléfono. Te llamé mil veces Andrés. Te dejé como diez mensajes en el celular. Pero no hay problema, en serio. Ya entendí. Lo que rejode es que me confirmaste, que dijiste que sí mil veces. Dijiste sí al cine, dijiste sí cuando te invité a comer, dijiste que sí cuando te propuse amanecer contigo. Se supone que era yo la que iba a amanecer contigo. Pero no hay problema. La cagaste.-

-Ah. ¿Sí? ¿La cagué? Y según tú ¿Con quien carajos amanecí?- Torcí los ojos. Funcí el ceño igual que ella. Apreté los labios hacia la izquierda.

-No sé chico, no sé. Tampoco sé por que carajos vine. Mejor me voy. A estas alturas lo que digas vale mierda. Mejor no digas nada. Claro, sólo quería decirte personalmente feliz cumpleaños y entregarte el bizcochito para sentirme idiotamente satisfecha.– Se paró. Me dejó en la boca un buche de palabras cocinadas. Salió. Desapareció bajo la lluvia.

sábado, mayo 13, 2006

Capitulo I - (fragmento 1)

Sonó el celular y ya estaba jodido. Pero no lo supe en ese instante. Lo supe después. Cuando sonó el celular yo sólo abrí los ojos al descuido. Después interrogué el perímetro blancuzco de la habitación con la misma agitación de una preadolescente que despierta en un cuartucho que desconoce. La arritmia y el vomito se entrecruzaron. La insistencia del maldito timbre me desorientó. Me atraganté. No pude reaccionar. Tampoco tuve tiempo para memorizar en donde estaba. Alcé los ojos. Se escuchaban pasos tras la puerta. Embrutecí. Estaba desnudo y lagañoso. Eché las sabanas a un lado. Me levanté. Un espejo enorme, parado sobre las cerámicas del piso y recostado en la pared de enfrente, me miraba sin hablar. Las carnes se veían tiesas, sin color. Estaba ojeroso, más flaco que nunca, sudado. Luego los pasos. La cerradura. Volvió a sonar. Escarbé la tierra lila de la cama. Seis timbrazos más tarde lo alcancé. Colgó. En ese instante me quedé muy quieto, como quien invierte el tiempo elucubrando explicaciones que no convencerán. No tuve piezas de rompecabezas para poder armar mi historia. Nada parecía familiar. Tampoco sabía donde estaba. La puerta se abrió. Se me extravió el aliento. Parado bajo el marco de la entrada apareció un tipo del que sólo recordaba el cuerpo. Me regaló un silencio incomodo, de lascivia y de sonrisas, y me habló. No supe lo que dijo. Mareo. Comprimí el culo. Tragué. La escena se redujo a la estridencia gorda de mis pulsaciones. Las lenguas del estomago se me enroscaron. Doblé las piernas, me agaché despacio, junté la ropa que el alcohol había regado sobre el piso y me encerré en el baño que se abría junto a una mesa con mil velas y dos Budas de papel. Me senté en el inodoro. Todo estaba a oscuras. No hubo diferencias climáticas entre el hielo de la porcelana y los hielos que corrían por las venas. La puerta negra se hizo foco de los ojos. Los ojos querían ver tras ella. Sabía que él seguía allí, que me esperaba bajo el marco de la entrada, con gula, frotándose la vena sobre el blanco de su calzoncillo, invitándola a crecer. La luz del cuarto se colaba por debajo de la puerta. Prendí el interruptor. Me toqué con prisa. No vi rojo entre los dedos. No sentí ningún dolor. Me miré el espejo del baño. Supe entonces que el treintón, de muslos gordos y velludos, no me había socavado. Respiré profundo, me escondí bajo la lluvia hirviente de la ducha, quise hastiarme con la espuma del jabón. Cuando supe que no quedaban rastros de mi noche entrecortada, de mis episodios borrados por el ron, me vestí, busqué mis llaves y el celular, y sin palabras prometedoras ni despedidas memorables, salí de aquel apartamento, con olor a sexo agrio y a perfume rancio indescifrable como quien sale de prisión y ve por vez primera el sol después de una perpetua.

En el carro era otro quien guiaba. Tenía la manos puestas en el volante pero la mente en la noche anterior; y en Victoria. Olvidé llamarla, pero preferí llegar a casa. Lo primero era dormir. Lo segundo era mentirle.

Ese 16 de febrero la isla amaneció gris. Parecía como si el cielo hubiera amanecido techado con un cemento oscuro, abandonado, lleno de musgo y costra negra. En algunas partes las goteras se habían convertido en un diluvio bíblico. En otras, la luz rugía y centelleaba sobre el mar, sobre los autos estancados en la calle, sobre las torretas de apartamentos amontonados entre Santurce y Miramar. Las gotas buscaban complicarlo todo. Las sombrillas corrían entre aceras. Faltaba escupir para hundir bajo las aguas a San Juan. Hice maniobras entre el sueño y el tapón para evitar el caos del aguacero. Odio la lluvia. Odio mojarme casualmente. Y lo evité, hasta que se me ocurrió bajarme del carro frente a la entrada de mi casa. Tardé más de lo quise. Las alcantarillas de la calle estaban desbordadas. Las llaves se cayeron en el río hediondo que bajaba por la cuneta.

Adentro nadie me esperaba. Mi madre había salido de viaje a la Florida con su maridito albino. No volverían en una semana. Traspasé la entrada principal y crucé la sala, a mano derecha, con sus muebles feísimos, europeos, blanco hueso y azul. A la derecha está el comedor. Al fondo del pasillo rojo, donde están colgadas las genealogías familiares, está la cocina que heredamos de mi abuela. El otro día, hablando contigo, te dije que era esa mi parte favorita. Y es cierto. Mis mejores recuerdos de la infancia nacen ahí. Hurgué la nevera un poco. Estaba vacía. Alcancé un galón de agua fría y bebí. Tenía una sed vieja, la garganta ardía en fuego después de tanto ron. Sobre la nevera, el celular volvió a sonar. Busqué un poco de harina. Preparé café. Era ella. Me volví una mierda. Dudé. Quería y no quería. Jodía tanto. Debatí entre contestarle o dormir. Dormir ganó. La llamo luego, pensé. Duermo un poquito, me doy un baño, me lavo la cara diez veces, después le digo miamor. Sabía que estaba rabiosa. La dejé plantada, vestidita y alborotada como le decía mi madre a mi progenitor. El acuerdo fue celebrar mi cumpleaños, de la manera más intima y especial posible, dijo, pero no pudo ser. Y yo entiendo su rabia. Claro que no pudo ser. Once horas desaparecido. Despertar en una cama donde se había jugado entre dos hombres.