martes, junio 20, 2006

capítulo III - (fragmento 5)

Cuando desperté, Yoyes no estaba junto a mí. 8:34pm. Después de la bañera retornamos a la cama dando vueltas sobre el matre como dos gatos caseros. Me levanté con hambre. La habitación estaba a oscuras. El apartamento también. Me puse un pantalón color marrón, que estaba tirado al pie de la cama, y caminé hasta la cocina. Abrí la puerta de la nevera para que la luz amarillenta me dejara buscar la harina de café. Puse la cafetera a hacer lo suyo y busqué algo de comer. No había mucho. Leche, nueve botellas de agua, soya sin preparar en un envase, pepinillos frescos, dos huevos, manzanas rojas, una gota de jugo de uva en una jarra, espinacas apolismadas, Tofú, un pedazo de salmón. Busqué una camiseta negra, México 99, las chancletas metedéo y bajé. En las escaleras me encontré con el vecino. Un tipo gordo, fofo, amorfo, gigante como un gorila, con la piel como grisácea, lampiño, feísimo él. Subía unas cajas. Le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que no, ¡no! no necesito nada, de mala gana, de un tirón. Pues jódete cabrón, quise decirle. Subió hasta el otro piso por las escaleras estrechísimas del edificio, con una caja extra sellada en la cabeza, con los mahones azules a punto de caérsele de la cintura, con una camisa verde oliva, manchada de un sudor apestosísimo. Salí a la calle por las puertas principales del edificio, aunque en realidad es una, la única, pero que abre en dos. Yo digo que la puerta era una copia sanjuanera de las terceras puertas de Ghiberti, las del paraíso, en el baptisterio de la catedral de Florencia. La única diferencia es que las que subían a nuestro apartamento eran rojas, viejas, baratas, de madera porosa, sin relieve alguno, mucho menos con escenas del Antiguo Testamento. Las puertas de nuestro paraíso estaban limpias, con las cuadriculas vacías, listas para empezarlas a esculpir. Se lo dije a Yoyes como tres veces cuando perdíamos la noche sentados en la sala, ella en el sofá único y yo sentado sobre el frío de las losetas.

-Tenemos que hacer algo en esas puertas gorda, tenemos que pintarlas o diseñar alguna cosa, se ven bonitas así pero el acrílico se está despellejando.- Siempre me miraba con la coquetería entre los ojos y se mordía los labios sabiendo que aquello era el botón para lograrme una erección.

-Píntame a mí. Ahí.- Y señalaba donde.

Una fila de asiáticos, con cámaras en manos, vestidos para la noche, seguía la ruta de un mapa editado de los que dan en los cruceros. Otros turistas caminaban en dirección contraria, hacia mí; una parejita de gringos, por aquello de ser más especifico. Ella, una rubia preciosa, lápiz labial rojo granate, tetona, de caderas cuadradas, un traje escotado más negro que el cielo, y unos tennis blancos, feísimos, apestosos sabrá dios a qué; tal vez a nieve derretida. Él, un caballero mayor, flaco, alto como un poste, pálido, canoso, una camisa azul añil de manga larga, pantalón azul marino, corbata rayada azul cielo, azul turquesa, azul cobalto, unas Adidas azul y blanco idénticas a las que tenía Antonio en el hospedaje de Mayagüez. Me pasaron por el lado. Olían a diablo. Me aburrí de verlos. En la esquina un adicto pidiendo dinero bajo un farol de antes. Frente a mí, un dúo espectacular de músculos europeos saliendo del hotel. Los carros estancados en la calle bajo la enredadera de la cablería eléctrica que brinca entre edificios, zigzagueando de azotea en azotea. Una gritería de niños subiendo desde la Plaza Colón. Una vieja me miraba seria desde la altura de un balcón al otro lado.

Crucé entre los carros y caminé hasta el Café de la Plaza de Armas oliendo mi aliento, atrapado con las manos entre la boca y la nariz. La plaza estaba llena de niños, de algodón de azúcar color rosa, de árboles con bombillitas multicólor, de pascuas gigantes, de brillo, de bastones de menta no comestibles, de fuegos artificiales que explotaban por control remoto. Doña Ceci me vendió cuatro Quesitos de hojaldre y una Mayorca que se veía deliciosa desde el otro lado del cristal de la vitrina. ¿Café? ¿Chocolate caliente? ¿Capuccino? No, gracias, eso es todo. La doña estaba de lo más emperifollada, maquillada, con una margarita blanca enterrada en las canas del pelo, con unos aretes plásticos color fusha, un lápiz labial mucho más rojo que el de la gringa rubia, olorosa a Señorona, sentada en un trono al otro lado del mostrador. Agarré la bolsa de papel marrón y caminé de regreso hasta el apartamento. La noche estaba oscura, no había luna, las palomas revoloteaban entre los balaustres de los balcones con flores y hacían sus ruidos asquerosos sobre los cordones de mampostería cagada y los ornamentos renacentistas de los edificios de esquina.

-No entres así. Toca la puerta o has algún ruido.- El gordo del cuarto piso puso su cara de terror, como si un frío le petrificara la mirada al verme sin previo aviso.

-Yo vivo aquí. Soy vecino. Del tercer piso.- Saqué una sonrisa. Traté de ser jovial.

-Lo sé. Pero eres nuevo.- Me dio la espalda y subió la escalera con la última caja que le faltaba. Su guagua blanca estaba estacionada sobre la acera de cemento, con la intermitencia amarilla de las luces de emergencia, con la puerta trasera abierta hacia la entrada principal. -Amelía lo sabe. Mejor toca la puerta y ya. Nos evitamos problemas.- Cambió de tono. Odiaba ese tono en mi papá, de decirme las cosas como si uno fuera menos, como diciéndole a uno “Esto es así y punto. No preguntes. Y te callas” Gordo pendejo. Ojalá y te caigas de espalda con to’ y caja pa’ ver quién carajos te ayuda a levantarte.

-Discúlpame entonces, yo entiendo, pero nadie va a bajar de ningún piso a abrirme la puerta si la toco. Además tengo mi llave. Amelia me la dio. No veo cual es el problema.-

-¡Te estoy diciendo que toques!- Tiró la caja en el descanso de la escalera del segundo piso y se volvió hacia mí. Entonces habló con gestos y con las manos. La bombilla que colgada del techo de la escalera le iluminó la cara pero la sombra que la luz proyectaba en la pared era mucho más monstruosa que aquel fofo apestoso a sebo. -No te cuesta nada socio. Tocas la puerta, se sabe que alguien va a entrar y listo.-

-Pero eso ni se oye ¿Tu lo escuchas allá arriba?- Me hice el pendejo.

-Hermano, evítate problemas. Es la segunda vez que te lo digo. No te las des de preguntón. Tocas la puerta y ya. ¿Está claro?-

Levantó la caja de nuevo y se perdió escalera arriba. No sé por qué carajos me dio con mirar el techo sobre mí. Un hilo de lana blanca, casi imperceptible, encarrilado por clavos, subía por la pared hacia algún punto. Miré el reverso de la puerta, desde adentro y la vi. Una campana diminuta colgaba de una esquina. Forcejeé con la puerta un poco y la campana sonó. El hilo de lana se movió. Imagino que el vecino tenía otra campana sonando allá arriba. Entendí. Evítate problemas, me había dicho. Dejé la puerta abierta y subí al apartamento.
Olía a café quemado. Me encerré. Prendí la luz. Serví una taza y saqué los dulces de la bolsa. Yoyes no contestó. Comí sentado sobre el piso. El café me dio calor. Separé las cortinas peruanas, las amarré a cada lado, abrí el ventanal tratando de que entrara un poco de aire fresco. Los abanicos casi ni soplaban. Me di un baño sin jabón. Serví otra taza y caminé desnudo por el apartamento. Prendí el radio. Ismael Rivera cantó de fondo. Cuando iba a sentarme en el sofá, miré hacia el otro lado, hacia el Milano, y me encontré los ojos fijos de un gordito, cuarentón quizás, que desfiguraba su nariz contra el cristal mientras me contemplaba. Yo y los gordos. Así, desnudo, me agarré la pinga y le saqué el dedo ese que censuran en algunos canales de televisión. Cerré las cortinas nuevamente, volteé y miré hacia la puerta de cristal que se abre hacia el balcón. Caminé hacia ella. Estaba abierta. No hice más que pararme bajo el jodio marco y los ojos del vecino me miraron desde arriba, al otro lado del patio interior lleno de helechos, como si ya me aborrecieran. Evítate problemas Andrés. Los perros negros empezaron a ladrar. Cerré la puerta de un cantazo. Busqué una sabana en el cuarto y le atrofie la vista al tipo. Me senté en el piso, aún desnudo, frente al radio de la sala. Ismael Rivera empezó a gritar de fondo. Me tragué el último sorbo de café.

8 Comments:

Blogger Ana María Fuster said...

“Cuando desperté, Yoyes no estaba junto a mí.” El comienzo de esta nueva escena de tu novela-bitácora remonta de inmediato a Monterroso, también capta irremediablemente la atención del lector. Aunque no es que lo necesites, porque estuve un buen rato leyendo...
Impresionante

2:27 p. m.  
Blogger Eleu said...

Andrés Valeol querido,
He recogido tu invitación y te he leído. Eres un ESCRITOR. Que envidia me provocas.
Inmediatamente te pongo en mis clientes de tarjeta dorada, una nueva y necesaria sección de mis links, jeje.
Bear hug,
Eleu

8:15 p. m.  
Anonymous Johnny Boy said...

Saludos. Devolviendo la visita. Te prometo que para el fin de semana me pongo al día con tus historias. Por fin veo algo parecido a lo mío en Puerto Rico, digo yo soy mas cochambroso. Te felicito. Dejame leerte completo y hablamos de nuevo.
Gracias por leerme,
El Bizcochito

7:31 a. m.  
Blogger Johnny Boy said...

Papa:
Ya empecé a leerte. Dejame ponerme al día contigo.
JB

11:05 p. m.  
Blogger nicolececilia said...

te estás dando más puesto que el desentramado

9:22 p. m.  
Anonymous Leticia said...

waiting...patiently ;)

1:03 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

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Anonymous Anónimo said...

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