jueves, junio 15, 2006

capítulo III - (fragmento 4)

Aquel viernes nuestro día se hizo en la cama. Conversamos mientras una luz sucia rotaba las sombras a su antojo por el interior de nuestro cuarto, como la de los días en que las cenizas volcánicas de Monserrat lo cubren todo, en los que el sol se vuelve un círculo costroso flotando entre las ráfagas de polvo, entre nubes manchadas de azufre, entre gaviotas ciegas que vuelan sin saber su orientación. El calor era terrible, pegajoso, casi mucoso, infernal. Pero así nos conocimos, después de meses de habernos visto, e intimado, luego de seis días de sudar y despeinar la misma cama anaranjada.

A Yoyes la conocí más que a ti. A ti te amo pero te desconozco.

Si te conozco te conozco de una forma leve, tenue, no sé. Te conozco como amiga, como un amor idílico más que otra cosa, como la primera mujer que se me metió en la cabeza, la primera chica a la que le dije que sí, con gusto. Te conozco Victoria, pero muy poco, casi como se conoce a un personaje de silueta. Lo más profundo que conozco de ti son tus gestos, tu carácter y la superficie de tus senos parecidos a dos bolsas de arena cubiertas de piel. Es la verdad. No puedo escribir otra cosa.

Ni siquiera compartimos una cama. No es que diga que el amor nace entre las sábanas o que para conocerte necesitaba un poco de penetración. No es eso. ¿Pero qué compartimos mujer? ¿Un par de amigos en común, el mismo deseo de andar abrazados por todos lados para que la gente nos viera y dijera qué bonita pareja? ¡Por favor! Yo te amé y te amo, es cierto, pero te amo sin saber, resistiéndome al cómo, sin tener explicaciones del por qué, amarrado a un par de recuerdos que ni siquiera florecieron, sin saberte para mí, sabiendo que hace mucho eres de otro, un otro que te hizo la mujer que desconozco. Pero no me importa Victoria. Tú puedes amar el cuerpo de mil hombres si quieres, yo podré meterme en otros cuerpos, yo podré desconocerte, pero seguiré sintiendo esto, amándote igual, de una forma loca, idílica tal vez, pero es por lo que fuiste, sobretodo por lo que no pudimos ser. Por eso te amo. Después de ti nada, a pesar de que contigo no hubo más.

Yo quería que me hicieras, que me volvieras tuyo, que me estrenaras tú y no un hombre, que pusieras la venda de tu cuerpo en mí y me enseñaras a adorar en ti a las mujeres. Pero no pasó. Y a pesar de eso, de haber sido y no ser nada, te amé y te amo en presente, todavía. Como un loco. En presente chica. De una forma extraña. Todavía. Y apuesto que tú no, que ni me amas ni te importo. Y lo entiendo. Es lógico. Me desterraste. Bastante lloraste por mí. Por mí que no soy nada y que tampoco fui. Si fui, fui una mentira. No me conoces. A estas alturas tampoco te conozco a ti. Pero te aplaudo el que no me ames. Si me amaras, amarías a un desconocido. Mejor ni lo conozcas. No lo he querido conocer.

Discúlpame por esto, en serio, pero el alcohol me pone así. El alcohol, la borrachera y el encierro entre estas paredes húmedas, jodidas, en este maldito cuarto que ya no huele a mí, que ahora huele a limo, a cal y a hongos pestilentes. El viejo Godoy me ha dicho que haga algo con mi vida, que salga de este cuarto, que arregle el apartamento, que viva, que sea feliz. ¿Pero qué es ser feliz ostia? ¿Salir de aquí? ¿Despejarme? ¿Olvidarlo todo? Pues ya no puedo Victoria. Esto me consume. Me consumiste. Me consumieron los dos.
Estoy flaquísimo. Duermo muy poco. No como bien. Estoy empezando a aventurar con el alcohol y bebo café por vicio. Café con ron, buches de ron, ron vomitado. Pero tampoco es tétrico, no es para tanto. Me adormece pero me obliga a escribir. Eso es lo que he hecho después nuestro encuentro. Ahora escribo. Escribo de mí, de ti, de él. También escribo de ella.

Cuando Yoyes y yo, aquella mañana, ya habíamos hablado de todo y hasta presentado los tatarabuelos con los dedos pequeños de los pies, cerramos la conversación haciendo un ensayo de amor, en la cuenca de la bañera. Al fin y al cabo, era eso lo mejor que sabíamos hacer. Agua tibia, grupa y manoteo, besos de pez. Tirados allí, bajo una lluvia que se evaporaba con el roce de la piel, hablamos de la primera vez que coincidimos.

-El juego de seducción empezó al final de la primera clase de literatura. No sé cómo no te diste cuenta. Te dije profesor aún sabiendo a simple vista que tú no eras más que pendejito de primera. No tenías ni pinta de catedrático. Pero me gustabas. Me gustabas desde antes. Ya te había visto muchas veces en los pasillos de la facultad. Quería jugar. A veces me pongo juguetona.- Me miró empapada de agua dulce y sonreí.

Entre risas volvimos a besarnos, a abrazarnos, e hicimos, levemente, otro intento de amor.

3 Comments:

Anonymous Leticia said...

Me traes a memoria a ese "amor platónico", al primero, al que querias que fuera de una forma y nunca fue pero que sigue viviendo entre oreja y oreja y que en muchos casos se convierte en el 'standard' con el que medimos a otros posibles amores.

Bien hecho.Me encantó el hecho de que Yoyes fuera la que se acercara... a veces hay que hacer esas cosas. :)

11:39 a. m.  
Blogger Andrés Valeol said...

"que en muchos casos se convierte en el 'standard' con el que medimos a otros posibles amores." Cierto!

11:44 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

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