viernes, junio 02, 2006

capítulo III - (fragmento 1)

El apartamento no era inmenso pero estaba perfecto para la convivencia básica de los dos. Estaba ubicado en el tercer piso del edificio 302 de la Calle Fortaleza, justo enfrente del Hotel Milano. Nuestro nidito de amor era la vista idílica, o panorámica, tras las ventanas de las habitaciones rentadas por los turistas. Sin embargo, el detalle ese de ser una atracción exclusiva para los extranjeros que se quedaban en el hotel nunca resultó un problema para nosotros. Yoyes vivía allí antes que yo. Conocía la movida. Sabía controlar la situación. La mayoría de las veces cerrábamos el ventanal de cristales de la sala con unas cortinas inmensas, gordas, de tela de alpaca, pintadas con Ayrampo, que ella le había comprado a unos indígenas en el Perú y otras veces las dejábamos abiertas para que la luz y las miradas se derritieran frente al calor exótico que concebíamos cuando intentábamos hacernos el amor. Pero no siempre fue así. Otras tantas veces los huéspedes presenciaron desde el otro lado, a la misma altura, nuestras discusiones demenciales donde todo volaba como proyectiles y explotaba en la pared. En otras ocasiones fuimos nosotros los binoculares, los testigos de madrugadas calientes donde las carnes jinchas jugaban a las noches caribeñas, a encharcarlo todo como si manara de sus cuerpos un universo acuoso, un archipielago salado, oleaje, agua de mar.

Mas allá del ventanal, nuestro espacio tenía las típicas losetas ajedrezadas del San Juan colonial, el techo a doble altura con un costillar de vigas de ausubo visibles y un balconcito intimo, con una baranda de hierro doblado orgánicamente, con vista hacia un patio interior compartido lleno de helechos extremadamente verdes, una fuente de agua ruidosa y vieja, y dos casitas para los cuatro chihuahuas negros del vecino, más ruidosos aun. El balcón se abría a la izquierda tan pronto se cruzaba la puerta principal del apartamento. Del techo colgaban dos abanicos gemelos con aspas de metal ultra lentas que soplaban el calor encerrado entre las paredes de mampostería. Algunas estaban retocadas con cemento, forradas del pellejo de pinturas de otros tiempos, perfectas para colgar mis cuadros favoritos o las fotografías a gran formato de la que fue, para ese entonces, mi mujer. A la izquierda, junto a las puertas del balcón, un comedor improvisado. A la derecha, la sala junto al ventanal. Al fondo, el pasillo de tres puertas; de izquierda a derecha estaba la del baño, la de la cocina, la de la habitación.

Lo más que me gustaba de nuestra habitación es que era sencilla, que contenía lo necesario, que parecía haber sido sacada de La Vieja Habana, con la historia de los siglos convertida en pigmento y bañada de una luz suave y calurosa, medio amarillenta, rebanada delicadamente por las rendijas de la única ventana de madera que mantenía el edificio y que habían reservado insólitamente para mí. Claro, no fue para mí, fue para Yoyes pero ella me lo dijo por aquello de hacerme sentir cómodo en un espacio que hasta entonces no me pertenecía. Nuestro cuarto estaba pintado color mostaza, aunque las paredes tenían hendiduras y partes craqueadas que dejaban ver los colores de otras capas; un poco de azul cerúleo, un rojo carmesí, el terracota tostado de los ladrillos.

El mueble con la ropa doblada estaba a la derecha, entre la puerta y las dos ventanas de la habitación, una de aluminio blanco con cristal, la otra era la de madera. Ambas se abrían desde lo alto hacia la Calle Fortaleza, por ende hacia el hotel. A la izquierda estaba el closet de los dos, sin puertas, tapado con la sabana con la que acostumbraba a limpiar mis pinceles. Frente a la puerta y en el mismo centro de la habitación, bajo una fotografía enorme de nuestros pies besándose en blanco y negro, estaba nuestra cama. Arriba otro abanico de techo. En una esquina una silla inservible, rojo-mohosa, a modo de decoración. Al fondo, sobre la foto, un hueco cagado que traspasaba la pared. Por allí se colaba el vaporizo de los mediodías, el aire oloroso de San Juan y una que otra paloma turca que a veces nos rompía el sueño cuando las noches de la isla se mostraban si su luna.

Me mudé al apartamento el 7 de diciembre de 2003. Es raro que recuerde fechas, nunca lo hago, lo sé. Pero recuerdo esa fecha perfectamente por que ese día fui al aeropuerto junto con Yoyes a despedirme de Gabriel antes de que partiera vía Iberia hacia Sevilla. Allá le esperaban otros días, nuevas amistades, amores furtivos o estables, una universidad portentosa que lo había acogido para ingresar el próximo semestre. El hecho es que me despedí, le presenté a Yoyes, hubo una química extraña entre los dos, se miraron encantados, le di un abrazo y un beso en el cachete con cuidado, tratando de evitar interrogantes.
El mejor amigo de la vida se me fue aquella mañana para no volver jamás. Quizás por eso recuerdo el día a la perfección, porque aquel 7 de diciembre, horas más tarde, luego de despedir a aquel santo varón que confirmó mi profunda atracción hacia los hombres, me sumergí, con la cabeza en alto y con todo el temor del mundo en la formalidad excesiva de una relación bajo techo entre un hombre y una mujer. Pero ese detalle no importa, por que nunca importó. De todos los amores que he tenido, el de Yoyes fue el más voraz y el único del que guardo más de un recuerdo sin mentiras.