martes, mayo 30, 2006

Capítulo II - (fragmento 6)

Me agarró por una mano. Fue caballerosa. Me llevó hasta la mesa frente al mostrador de la cafetería interior, sacó una silla, casi me sienta. Era cómica la situación. Yo no tenía confianza con ella. Apenas hablábamos sobre los exámenes de la clase. ¿Qué quieres de comer? No quiero nada, sólo un café. Dicen que cocinan rico en ese sitio pero el aire apesta. El olor a tinta de los libros recién impresos se entremezcla con los olores rancios de la comida, de las sopas, la papaya fresca, la espinaca hervida. ¿Te invito a comer y no quieres nada más? Me invitas a comer y no quiero más nada. O sea, ¿Qué comes? ¿Café? Exploté en risa. ¿Pero y por qué tu empeño? No quiero más nada, de veras. El rostro le cambió. Se puso seria. Vale, no hay problema. Se levantó de la mesa. Gracias. No había fila.

Yoyes pidió un sándwich de berenjena con una botella de agua para ella y un café con leche para mí. No me gusta el café con leche. Nunca se lo dije. Tuve que bebérmelo.

-¿No lo querías con leche verdad?-

-No sabe mal.-

-No puedo saber tus manías si no me las dices.-

-No son manías, sólo que no bebo café con leche. Tampoco le echo azúcar.-

-¿Sin azúcar?

-Sí.-

-Un buen dato. Lo voy a apuntar. No te rías, que es en serio.-

-¿Pero y tu? ¿De donde saliste? Nunca hablamos. ¿Qué ha pasado? ¿Te decidiste hoy?-

-¿Me decidí a qué?-

-No sé. Tranquila. Sabrás tú-

-No. Tú eres el que sabe. ¿A qué quieres que me decida?- El gesto volvió a cambiarle. Entonces fue una pícara. Quería mi contestación. Sabía lo que yo quería exactamente. Se veía hermosa. El pelo achiote le brillaba bajo las lámparas de halógeno. Le miré descaradamente las pecas que le bajaban por el cuello. Los pliegues de su camisa verde olivo. Mis piernas moviéndose descontroladamente bajo la mesa. Su mirada. Su sonrisa perfecta. La conversación adentrandose entre mil temas a la vez.

La mitología construye a Siddharta Gautama como un enviado del cielo. Buda y Jesús. La leyenda no menciona nunca la existencia de un padre biológico. José. La reina Maya. María. Mahayana. La virgen. La reina Maya o Mayahana soñó que lo había concebido gracias a un pequeño elefante con seis colmillos y cabeza de color cobrizo que bajó desde los cielos en la estación de lluvias, en una de esas noches en que ella se abstenía de tener relaciones sexuales. El sexo. A mí el sexo me encanta. Háblame de ti, de tus amores. Amor y sexo. “Hagamos el sexo y no la guerra”, “Peace and love”. Los hippies. Mi mamá fue hippie. ¿Sí? La guerra. Los gringos y la guerra. La lista de los puertorriqueños muertos. Vietnam e Irak. Saddam y Osama. Las muertes. El 11 de septiembre. Los aviones estrellándose contra las torres. Esa mañana. CNN en español. ¿Dónde estabas? Estaba en la universidad. Alguien entró corriendo. Terrorismo. Esa palabra es conflictiva. Los terroristas. Al Qaeda. La lista del terror. Ahí entra la ETA. Dolores González Katarain. Mi apodo me lo pusieron en la OSI. Yoyes fue la primera mujer dirigente de la ETA, famosa por haber sido asesinada, acusada de traición, a manos de la misma organización mientras paseaba con su hijo por las fiestas de su ciudad natal. Natalidad. Me hice un aborto. Casi me abortan. Nací en San Germán. Ese pueblo me encanta. A mi me gusta el centro del pueblo. El casco. Vivía en las afueras, al lado de un supermercado. Yo compro en Pueblo. “Detrás de ti siempre hay un pueblo”. La comida orgánica. Ya sé que eres vegetariana. Ovo lacto picto vegetariana. Yo soy carnívoro. Nosotros. Es raro. Dijiste tú y yo.

Me tenía embobado. Confesé que me encantaba. Acto seguido sacó un bolígrafo de su cartera, lo mordió un poco, hizo conmigo lo que quiso, sonrió. Era una diabla. Me quitó la servilleta que habían amarrado a mi vaso de café y escribió. Luego, desde su silla, se levantó un poco hacia mi, buscó mi oreja, mis ojos buscaron la hendidura entre sus tetas, me susurró sensualmente que yo también le encantaba. Me entregó la servilleta doblada en seis partes y se perdió entre los estantes de los libros. Miré a todos lados. Abrí la servilleta y encontré aquella oración inolvidable entre negrillas, con formas orgánicas de mujer. “Pelear cuerpo a cuerpo sería interesante”.


Una excitación atroz me vino de golpe. La sangre me bajó de un solo cantazo. Se me paró. Lo acomodé hacia el lado. Decidí buscarla. Hurgué la librería. No estaba allí. En un segundo busqué la entrada y salí a la calle con cara de terror. No entendí la movida de su juego. Miré a la derecha, hacia la estación del tren y la vieja calle poblada de librerías y negocios. Escuché un bocinazo a la izquierda y giré. Caminaba a toda prisa hacia la universidad, con el culito parado, su remeneo cadencioso, iba a cruzar la intersección. Mierda. Le grité. Corrí tras ella. Me ignoró. Cruzó un carril y se detuvo en la isleta divisoria de cemento. Entonces volteó. Sonrió como las locas, como las niñas perversas y no me despegó la mirada hasta tenerme enfrente.

-¿Qué te pasa chica? ¿Por qué te fuiste así?- Me miraba quieta, con una sonrisa inexplicable.

-¿Te digo la verdad?-

-Por favor.-

-No me pasa nada Andrés. Sólo quería que me besaras. Aquí, en el medio de la calle.-

Los carros pasaron a nuestro alrededor sin detenerse, tocando las bocinas por pura envidia. El autobús pasó a toda prisa, casi nos roza. Entonces borré todo. Construí un cubo blanco alrededor de los dos. Nos vimos solos. Nos besamos como nunca habíamos besado. Mucha lengua, saliva dulce, apretón y roce, mordidas leves entre labio y labio. Primero un sudor tan caliente que desconocimos que era sudor. Después la humedad debajo de los interiores, la latencia, los corrientazos enzimáticos, la atracción de dos magnetos derretidos. Una sirena de la policía rompió aquello donde empezamos a plasmar lo nuestro. Se estacionaron en la isleta. Nos acordamos de la cuenta. Salimos sin pagar. Los oficiales se bajaron del vehículo. El hechizo se jodió.

Entre sonrisas que se nos caían por la boca, corrimos hacia la librería, bordeamos la patrulla y la mirada pendejísima de los dos oficiales. Corriendo así, descubrí una magia especial en aquella parte de Río Piedras. No había visto los colores vivos del abandono ni la capacidad de los graffittis de encantarlo todo en derredor. El cielo estaba pintado, sobre aquellos edificios blancos, ocres y marrones, de azul anochecer, pero, salpicado de nubes blanco-grises con sus bordes tocados por destellos de luz amarillenta. Yoyes me agarró por las manos y entró a la librería. Me adelanté y pagué la cuenta. Se molestó un poco. Nuevamente se perdió entre los estantes de los libros pero preferí pararme en la puerta por si acaso, para evitar que saliera o se perdiera sin decir adiós. Buscaba un libro afanosamente. Al final lo encontró. Pagó pero no quiso enseñármelo. Meses después supe que esa tarde había comprado un libro para mí. Salimos de la librería. La noche cayó sobre un atardecer que no pudimos ver del todo. El cemento viejo de los edificios obstaculizaba la mirada. Los faroles anaranjados despertaron de la coma diurna en serie, uno detrás del otro, siguiendo una secuencia lineal que se perdía más allá de la cuesta frente a la construcción de la estación de la universidad. Caminamos abrazados como nunca. Nos besamos un poco más. Contamos quinientos veintiocho pasos.

No sé cuantas noches pasaron pero ya estaba viviendo con Yoyes en el Viejo San Juan cuando mi último semestre culminó en diciembre. Luego de aquella nota y de las noches siguientes en su apartamento, caí rendido a sus encantos. Sin pensarlo mucho, recogí las cosas en mi casa y me mudé. Mi madre no puso reparos. Siempre supo que me quería ir. Fue fácil. Sin mayores inconvenientes que la falta crasa de amor, habité su espacio.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Enjoyed a lot! here

8:33 a. m.  

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