martes, mayo 30, 2006

Capítulo II - (fragmento 5)

Eché a rodar mis pies a pesar de que mi mente había decidido restringir cualquier movimiento frente a Victoria. A veces pasa. Me cohíbo a actuar por que tengo a esa hembra metida entre la ceja izquierda y la derecha, porque siento a veces que mis pies son los de ella y que es ella quien decide donde moverme y donde no. La miré a los ojos aún teniendo la mirada de Yoyes enfrente. Ninguna de las tres sabía nada. Yoyes no sabía que Victoria había sido mi gran intento de mujer y que Sofía decidió estrenarme en un apartamento que hace esquina con la Calle Loíza y la F. Krug. Sofía, por su parte, no sabía de Yoyes y Victoria no sabía ni de Yoyes ni del estreno carnal que tuve con su amiga, amiga mía primero. No me importó. Al fin y al cabo yo no tenía compromisos con ninguna.

Los ojos de Vic son nimbos marrones sin luz enmarcados por un par de cejas trasquiladas, demasiado angulares, parecidas a las de las villanas de las telenovelas mexicanas que veía mi mamá por Telemundo. Una vez los dibujé a la rápida, en una hoja blanca, con tinta y carboncillo comprimido. Digo una vez por que no recuerdo el día exacto. Creo que lo hice la primera vez que estuvimos a solas en mi cuarto de Miramar. Mi mamá estaba nerviosa, haciendo ruidos tras la puerta, en el pasillo, interrumpiendo cada diez minutos, tú y yo en silencio, nos boceteábamos desnudos. O no. Lo hice la noche aquella en la que bajábamos de Cabo Rojo, veníamos de la playa, tú tenías ganas de pelear y de maldecirme por estupideces y yo no estaba de humor para escucharte. Sí. Esa fue la noche que me salí de la autopista bruscamente y me estacioné sobre la grama. Eran como las diez, no sé si recuerdas, te asustaste, todo estaba a oscuras, los carros nos pasaban por el lado a toda velocidad. Comenzaste a gritarme, encendí la luz interna de mi carro, metí la mano por debajo de tu asiento, busqué la libreta de hojas blancas que me habías regalado. Tú no respirabas entre las palabras, estabas histérica, te dibujé la mirada sin decir por qué. No entendiste el gesto. Pero te callaste por fin. No dijiste nada. No soltaste ni una letra en el camino de regreso. Pero tampoco importa. Aunque recuerde o no, creo que ese dibujo se perdió en una de las mudanzas. Soy un descuidado. Siempre lo he sido. Aunque tal vez no. Quizás ese dibujo está por aquí, doblado en dos, metido en algún libro, en esta porqueriza de mierda en donde escogí vivir, desde donde escribo, en este espacio mínimo sin ventanas, con olor a humedad, donde la cama se me pierde bajo las aguas de la ropa limpia y de la ropa sin lavar. Si lo encuentro ese sería el único recuerdo grabado, literalmente, que tengo de ti. Si no lo encuentro entonces fue el único que tuve. Me tendré que conformar. Tú sabes que no tengo fotos tuyas. Ni siquiera la fotografía que Yoyes te tiró tiempo después de conocerme, cuando subiste a su apartamento en el Viejo San Juan aquella mañana. Esa fotografía lo cambió todo. Tú y ella me mintieron. Todavía no entiendo por qué.

Prefiero creer que nunca he tenido una foto de Vic por que ella siempre las ha odiado. La censura de su mano es más rápida que el flash. Ella es gigante y blanca. Es mucho más alta que yo. Tiene el pelo largo y rizo, medio enredado, lleno de luces, de una escala cromática de marrones adquirida por frecuentar compulsivamente la sal y el sol del mar. Siempre lleva aretes largos, tiene los pies larguísimos, el abdomen plano, las piernas flacas, la espalda dividida deliciosamente en dos.

Volteé frente a Sofía y a Victoria. Caminé. No quise despedirme. Cruzamos la arboleda del cuadrángulo, la danza circular de las palmas reales, bordeamos la Placita Baldority, caminamos bajo el cielo azul, limpio de nubes, bajo el chirrido de las bandadas verdes de cotorras, bajo el tendido eléctrico que dibuja la ciudad desde la altura. Yoyes olía a madera dulce, sonaba las pulseras mientras caminaba, cantábamos El unicornio azul que Silvio le cantó a Rubén.

Cruzamos la intersección lineal de la Gándara y nos adentramos en la Ponce de León, en dirección al casco, a la estación del tren que para ese entonces era una pared monotona de concreto armado, cintas amarillas de peligro y varillas rebeldes, casi organicas, enmohecidas por el sol y la lluvia del caribe. Caminamos por la acera. Yoyes se paró frente a una pared a mano derecha repleta de graffitis, de pasquines pegados, de publicidad barata. Sacó un marcador negro y escribió su nombre. No sé ni por qué. Me miró, sonreí, fui cómplice, escribí Valeol. Pasos después nos internamos en La Tertulia, en el punto de encuentro intelectual de los que se llaman a si mismos postmodernos, el punto de renombre exquisito para las reuniones letradas de los profesores comemierdas, de los literatos, de los escritores emergentes que se crecen entre las portadas de la narrativa nacional e internacional, exhibidas y archivadas como si fuesen piezas permanentes de un museo que nadie visita.

-Este sitio siempre está vacío. No viene casi gente. Siempre las mismas caras. Pocas ventas muchos libros-. Lo dije en voz alta. Había entrado antes. Sabía quien era el dueño. Me escuchó.-Para que la gente empiece a leer hay que hacer campañas megamediaticas, retocar la imagen del que escribe, sacarle un disco rosa de baladitas pop, contextualizarlo, hacerlo comercial.- Yoyes me miró. Torció los ojos. Se acercó hacia mí y puso su mano sobre mi boca.

-Tal vez. ¿Sabes que es lo peor de todo? Que con toda probabilidad tienes razón muchacho. No estas tan alejado de la realidad.-

-Lo sé. Pero tampoco es muy difícil suponerlo. O saberlo. Para que un escritor venda lo suyo en este país primero tiene que caer en el circo, en la imagen retocada, en la persecución hacia la prensa; tienen que hacer presentaciones del mismo libro mil veces, regalarle copias a toda la familia, escribir sobre autoayuda, ganarse un premio en Europa, hacer abdominales, hacerle anuncios a los cereales, pasearse entre modelos, enredarse tormentosamente con alguien de renombre internacional.- Sonreí. El dueño de la librería sonrió también. Un par de personas que estaban comiendo tenían las orejas alzadas. Yoyes me guió en silencio. Preferí callar.