jueves, mayo 25, 2006

Capítulo II - (fragmento 4)

Crecí solo. Me volví independiente poco a poco. Mamá estuvo siempre al pendiente de mí pero para ese entonces trabajaba en el hospital, no había tiempo, siempre andaba cansada, tenía poca paciencia. Papá también. Llegaba tarde de la compañía, con una peste a calle insoportable, con olor a ron añejo. A mi madre nunca le importó. Se encerraba en el cuarto igual que Lya y no le decían nada, ni un hola, ni un cómo estás. Pero yo siempre estaba pendiente. A veces traía cajas, con pintas de mantecados Häagen Dazs medios derretidos que le daban en la compañía. Trabajaba en ventas, distribuyendo mantecados por el centro de la isla en un camión destartalado. Yo me levantaba cuando escuchaba sus llaves, verificaba el congelador primero, después le preguntaba por su día, si se había pegado en el poolpote, a veces se molestaba conmigo. Déjame tranquilo por favor. Yo sólo quería decirle que me importaba, quería montarle cualquier conversación. Pero no. Él prefería que le calentara la comida en el microondas en lo que se bañaba. Ven, siéntate aquí. Me ordenaba a sentarme frente a él en la mesa de caoba del comedor para acompañarlo mientras comía. Odiaba su manera bruta de comer, me daba nauseas. Hacía sonidos de cerdo, el arroz se le caía de la boca, los jugos de las habichuelas se le empozaban en los pelos del bigote, arrastraba el tenedor sobre la porcelana del plato. Dejaba todo sobre la mesa y después subía a molestar a mi mamá. Ábreme la puerta coño que ese es mi cuarto también. Mientras yo fregaba con el Vel escuchaba los cantazos en la puerta, los gritos de Lya diciéndole desde su cuarto que la dejara en paz. Mamá nunca salió. Papá nunca logró tumbar la puerta. Bajaba de mal humor, se acostaba en la sala a ver los programas del tarot que transmiten pasada la media noche. Yo subía en silencio y me acostaba a dormir. Cuando se aburría de la tele iba a mi cuarto, prendía la luz y me sacaba de la cama por las orejas. vete, vete, vete. VETE. Yo tenía que dormir en la cabrona sala porque mi cama era del tamaño de papá, porque el sofá era chiquito, perfecto para mí. Dormía malísimo, incomodo, escuchando a los grillos amontonados detrás de la vidriera junto a la puerta principal, escuchando el rechinar del abanico de techo y los ladridos de los perros de todos mis vecinos. Así fue siempre. Mamá y papá. Yo desvelado pa’ la escuela. Sin embargo, creé mi propio mundo. Descubrí la vida a sorbos sin que ninguno de los dos me advirtiera.

Ser así me enseñó a buscar satisfacciones; a aferrarme a pasiones reales. Descubrí los libros y la escritura. En ellos me descubrí. Se lee como se vive. Se escribe de una forma igual. No puedo separar artificialmente lo que hago y lo que pienso de lo que escribo, leo y pinto. A veces creo que si hubiera vivido en Europa, en Estados unidos o en Hong Kong mi vida hubiera sido diferente. Los alrededores son decisivos. Aunque no. Hubiera sido igual. Lo único que puedo hacer de la misma forma en cualquier sitio es construir mi espacio. De algo estoy seguro, no importa donde esté creo que lo construiría igual. Se construye un espacio y en el espacio se construye el resto, la libertad por ejemplo. No soy de los que cree que alguien pueda darme libertad. La libertad tiene que construirla uno mismo. Por lo pronto mi libertad la construyo escribiendo, pintando, sosteniendo y defendiendo mi visión simple del mundo, nadando entre las aguas caóticas de la vida como si fuese un pez, como diría Pedro Juan, “impidiendo intromisiones en lo que hago o dejo de hacer”. La libertad es como la felicidad: nunca se llega.

Cuando Yoyes me gritó aquella tarde frente a Victoria y a Sofía, ellas se quedaron muy quietas. La voz distrajo a unos. El cuerpo suyo distrajo a muchos más. Mientras remeneaba las caderas y paraba su culito al caminar, el escote de su t-shirt, cortada a mano, sin mangas, sin cuello y de color olivo, se abría con el bamboleo de sus tetas mínimas, sin una gota de grasa. Su cabeza rapada brillaba por el pelo achiote que recién nacía y las pulseras plateadas de las manos dejaban la huella musical de una joyita de mujer. Era una diabla, un tronco de hembra. A veces creo que mientras ella se movía el mundo se babeaba. Lo digo por que aquella tarde yo también babeé. Y es que aquella chica tenia un mahón azul tan colgado a las caderas que dejaba al aire las proximidades pulposas de un sexo con el que muchas veces, entre clase y clase, había fantaseado. Ese cerebrito que me hacía, el olor a pacholí, sus ojos de café y de azúcar negra, el diamante en la nariz, y el tatuaje chiquitito del símbolo de OM, en la parte alta y posterior del cuello, hacían de ella lo que siempre quise. Me hervía la sangre de tan sólo verla. Era una callejera. Callejera con clase. Clase y más. Lo más que me gustaba era su modo de ser, así, libre, echando a un lado todas las convicciones de la sociedad. Ella iba a lo suyo. Andaba decidida. Sus piernas se movieron rápidamente y en segundos, cruzó entre las dos súper amigas, dejándole por años lecciones de erotismo y sensualidad.

-Jevito, ¿Cómo estas?- Tan pronto explotó su beso en mi cachete, vi a la distancia los ojos búhos de las dos mujeres que miraban con interrogantes en la cara. -Porfa, dime que puedes comer conmigo. Tengo mucha hambre. Yo te invito-.

Las miré a las tres. Sonreí un poco.

-Claro.- Contesté automático. -¿Dónde quieres ir?-

4 Comments:

Blogger Pez-Ada said...

estas historias tuyas dan ganas de violar. por eso, me tengo que ir...

3:36 a. m.  
Blogger Glifo said...

Mientras leía los fragmentos que me faltaban para ponerme al día sentí que la acción iba en fast forward, que asistía a una presentación de diapositivas, con muchas imágenes bombardeandome en cuestión de segundos. No me quejo... sigo intrigada y pendiente del desarrollo.

Saludos.

1:29 p. m.  
Blogger Michelle said...

que relatos estos que surgen desde tu insconsciente...a donde llevaran..seguiré leyendote, saludos

8:08 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Cool blog, interesting information... Keep it UP »

6:52 p. m.  

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