jueves, mayo 25, 2006

Capítulo II - (fragmento 3)

A pesar de lo de Gabo, en mi soledad frecuenté algunos cuerpos como si se tratara de una exposición en un museo de arte kitsch. La mayoría me evocaban cosas, caras, ascos misceláneos. Sin embargo, uno que otro me invitó al éxtasis de Santa Teresa, al Olimpo de los griegos, a las orgĭas en honor a Baco, a la pintura surrealista sexual-freudiana de Dalí, a la desnudez de Eric Fischl, a la carnalidad de Nancy Spero, a los diarios de Natasha Merrit, a la Muerte y funeral de Caín según Siqueiros. Sin embargo, mi gusto plástico, mis adentros y mi estética se inclinaban consistentemente hacia una artista, a esa galería de recuerdos y de gestos sarcasticoespeciales para toda ocasión.

Amé a Victoria como nunca a nada a pesar de haber pasado veinticinco meses en silencio. Silencio porque ella esperaba mis palabras y yo esperaba las de ella. Silencio porque nos estancamos en la estupidez innecesaria de esperar. El tiempo corrió. El te amo se nos quedó en la punta de la lengua. Yo hubiera querido escucharlo. También hubiera querido decirle. Y se lo dije, pero fue tarde, al final, a la distancia, en el momento en que el nosotros ya no estaba.

En el instante preciso de la despedida, cuando Sofía y Vic me dieron la espalda aquella tarde de agosto en la universidad, Yoyes, la chica de la confusión al final de la clase de literatura, caminaba hacia mí frente a ellas. Desde la distancia me gritó y el ulular resonó por todo aquello de tal forma, que mi nombre fue un sutil motivo de despiste para todos los que estaban sentados o caminaban frente al teatro clausurado de la universidad y en la Plaza Antonia. Se me pegó una risa insoportable. Era extraño. En la clase hablábamos lo normal. Ahora me gritaba como las locas, con toda la confianza del mundo, en el momento perfecto, como si ella y yo, igual que Sofía y Victoria, fuéramos los mejores amigos de la vida.

Yoyes y yo nos volvimos a ver en la siguiente clase y en todas las clases de literatura que compartimos en el semestre de enero a mayo de 2003. La clase fue de literatura contemporánea. Hablamos de Pessoa, de Borges y Cortazar; de Baudelaire, Javier Bosco, Goethe, Pedro Cabiya y Pérez-Reverte. Hablamos de Saramago, de Los soldados de Salamina, de Quiroga, De García Márquez. Construimos y deconstruimos ficciones, pasiones, soledades, clichés y estereotipos de la gesta narrativa y literaria de Latinoamérica. Hablamos de nuestros escritores favoritos y de lo que habíamos leído. Hablé de Pastor de Moya y de sus connotaciones líricas sobre los callejones cotidianos de la existencia universal y caribeña. Lo presenté hablando de sus fetiches y de sus cuervos, de los cadáveres putrefactos de dos niñas albinas y explicando el mundo desde su perspectiva podrida y deliciosa de la humanidad. La hora y cincuenta minutos se nos fue volando. Nos despedimos. Superamos la timidez típica de los primeros días de clase. Cada cual salió.

Aquella mañana, cuando escuché las primeras conversaciones sobre las letras, tuve ilusiones con mi futura gesta como escritor. Al fin y al cabo es eso lo que quería y lo que he querido siempre. Nunca le he dicho a nadie. Pero sí. Sin embargo, por más que intento, no tengo vocación ni virtud de narrador. Ignoro y violo mil veces las leyes de la puta gramática y de la composición, y si escribo, es, como dijo mi profesor, citando a García Márquez, “porque confío en la luz de lo mucho que he leído en la vida.” Pero no he leído mucho. Basura tal vez. Quería desahogarme.

Si mi madre se entera diría que heredé la pasión literaria de mi padre. Quizás sea cierto. No sé. Según lo que recuerdo, mientras vivimos todos juntos, bajo el mismo techo, jamás vi libro alguno entre sus dedos. Lo único que le vi leer fueron las revistas de Selecciones Reader’s Digest en español que llegaban por correo anunciando sorteos de un millon de dolares, los chistes pendejos de las páginas centrales, la sección de deportes del Nuevo Día, las papeletas de caballos, los titulares en negrillas del San Juan Star. Lo otro que recuerdo es que sólo leía cuando se encerraba a cagar. Pasaba horas tras la puerta del baño matrimonial, con la luz amarilla de cien watts que calentaba más que el diablo, con la ventana cerrada porque no tenía screen y una vela con olor a nada para quemar la peste a mierda. Cuando salía tenía que buscar una toalla y volver a encerrarse para darse un baño de agua fría. Los caldos de sudor le bajaban por los pelos de la espalda, entre la barba, por la cadena de oro de la que cuelga una conga de salsero. La de mamá tenía una virgen y una plantilla en oro con su nombre en cursivo. Digo tenía por que mi papá se la arrancó la vez aquella que intentó asfixiarla en el pasillo. A mi no me gustan las prendas ni el oro. A mi hermanos sí. A los gorditos le pegan las cadenas esas.

En casa fuimos tres: Lya, Antonio y yo. Toñito es el más flaco después de mí, es el más alto y el mayor. Después de grande rebajó la grasa que a mi abuelo tanto le jodía. Lastima que se haya muerto y que no haya podido verlo metido en unos pantalones 32. Tiene veintinueve años, es el brain que mi papá no pudo ser, viste una barba asquerosa y es producto de una relación de la que mi querida madre no ha soltado pista alguna. Antonio se fajó estudiando ingeniería en Mayagüez y tan pronto pudo, se fue de la casa hacia Florida. Yo hubiera hecho lo mismo. Allá se casó y tiene un hogar con una tal Yarsicy; una dominicana “preciosísima”, de Jarabacoa, que le ha parido seis. Lya también se fue. Es mayor que yo por tres años; es rubia química, tiene un cuerpo casi amorfo, es la más enana de los tres, jamás se calla. Me encojona. Verla a ella es ver a mi mamá. Tal para cual. Cuando terminó el bachillerato, voló hacia España para encerrarse en una maestría apestosa en comunicaciones en la Universidad de Complutense, junto a su adorado italiano. Y yo, que soy el menor de la tríada de hermanos y que parezco más un hijo único que otra cosa, decidí quedarme aquí, humilde, madurando un bachillerato pobretón en artes plásticas.