martes, mayo 23, 2006

Capítulo II - (fragmento 2)

Cuando me supe solo tras la ruptura con Victoria, transformé la soledad en libertinaje. Me encerraba entre mis cuatro paredes blancas y navegaba horas muertas por internet, en la computadora que casi podía controlar desde la cama. El cuarto donde crecí es pequeño, la puerta da hacia el pasillo y hacia la escalera oscura que conduce al primer piso. Tiene dos ventanas miami, de hojas blancas, en dos paredes que hacen ángulo; una mira hacia la cocina de la casa de atrás y la otra mira hacia el patio de la de al lado. Por lo demás no tengo mucho. No me gustan los cuartos barrocos llenos de porquerías, posters, fotos, lamparitas psicodélicas, trofeos, paredes con colores ordinarios. Sólo está la cama, el closet, el espejo rectangular detrás de la puerta, una maleta vieja llena de pinturas y pinceles, y la computadora sobre una mesa destartalada, verde monte, que antes fue una barra de madera para el comedor. Con suerte, el viento de afuera sopla duro dentro del cuarto. A veces sopla nada, se vuelve una mierda, un horno incomodo de gas.

Después de Victoria, me sentaba con las ventanas cerradas, sin abanicos ni aire de consola, a buscar contactos posibles en la computadora, encuentros banales que culminaron en desilusiones totales, en camas sudadas de sexo y alcohol. Me sentaba sin reloj frente al monitor, en una silla sin espaldar, arqueando la espalda, comiendo mantecado como los gordos, tomando café o Coca Cola, dejando que la barriga me creciera. Siempre he sido flaco, pero me puse flaco con barriga, una barriga asquerosa, enferma, como traída de Somalia. Contacté así a Nilmar: una morenita fácil de Guaynabo, con más tetas que cerebro, con más culo que entrepierna. Nunca se quejó. Con ella me fue bien. No hubo mete y saca pero experimenté el salvajismo de frotarnos y aprendí, en su cama de agua, a complacer a una mujer con los piquetes de la lengua. No se afeitaba, olía extraño, el bollo le sabía a carne vieja, el plato favorito de mi madre. También, por internet, conocí a Wilmer John y a Abimael. Abimael era bajito, demasiado gordo para mi gusto. Era peludo de pecho, varonil, con antebrazos de obrero, nalgón. No hablamos mucho por teléfono, quedamos en que me vendría a visitar. Mañana voy a estar por tu casa, me dijo. Y vino al otro día. Trajo comida de Mc Donald’s, hablamos de estupideces, le enseñé mis cuadros, evadimos lo que queríamos hacer. Él era mayor, rozaba los treinta, yo tenía veintiuno en ese entonces. Se decidió, se levantó de la mesa, caminó hacia mí, me agarró por el cuello, me besó asquerosamente acompañado del sabor a pepinillos y a cebolla del Big Mac. Pero eso fue lo de menos. Odio a la gente que no sabe besar, que asumen que los besos son mordidas. Tuvimos un preámbulo de roces tontos en el centro de la sala, se arrodilló, chupó mis sales, le hundí lo mío. Te mentí Ricardo. Tampoco fuiste mi primera vez.

Nunca supe si le gustó o no. No gritó, no dijo nada, se mantuvo en silencio, calladito como un niño bueno. A mi me gusta que griten, que se manifiesten, que me digas sí cuando pregunto si te gusta. Sin embargo, lo de nosotros se repitió algunas veces después de los juegos de su equipo. Lo de él era secreto, era figura publica, un apellido conocido en el deporte de la isla. Él me regalaba las taquillas. Era dirigente de un equipo de beisbol profesional. Una que otra vez tuve las nalgas de sus peloteros de frente. Pero sólo las miré. Nunca hice nada. Con Wilmer fue otra cosa. Hablamos casi un año por teléfono. Entre él y yo no hubo acció carnal. Nos vimos una vez.

Abuelo hubiera estado orgulloso de mí si le hubiese dicho que tuve acercamientos con el beisbol. Claro, siempre y cuando no le dijera que tipo de acercamientos tuve. Él fue pelotero. Quería de sus nietos lo mismo. Si hubiéramos vivido cerca, de seguro hubiera perdido mis primeros años metido en un equipo de pelota infantil. Pero no. Gracias a dios que nos mudamos lejos. Mi hermano fue el que sufrió las consecuencias. No sé si fue duro para él. Para mi sí. Él se crió con mis abuelos, alejado de nosotros por problemas con mi papá, en uno de los montes de Aibonito, sin más distracción que un río lleno de vilarcia y vacas, y un parque de pelota lleno de fango y de guineas. A las malas lo hicieron pelotero. Toñito vete a correr que horita tienes practica. Y Toñito se emperraba, era fofo, rojizo, gordito como todos los de mi familia, excepto yo. Se ponía una bolsa negra de basura, le abría dos rotos para sacar los brazos y un roto para sacar la cabeza de huevo y las orejas de elefante. Andrés vente, acompáñame. Yo me negaba. Tenía que correr por la orilla de una carretera endemoniada, evitando los carros, llena de curvas y flamboyanes, con una pared continua de piedra caliza gris cortada a un lado y un precipicio hacia el río por el otro. Una hora Toñito. Después vienes a comer. En una hora Toñito llegaba sudado, rojísimo, con la bolsa aquella por encima, hambriento, jodido, muerto de sed. Nunca le hablaba a abuelo cuando viraba. Le tenía rabia. Se metía al cuarto de los dos, más suyo que mío y yo corría por presentamiento detrás de él. El tenía trece en ese entonces. Yo tenía siete. Siempre se quitaba la bolsa frente a un espejo feísimo decorado con ramas de eucalipto y flores rojas de embuste que abuela había enganchado en nuestro cuarto. Se quitaba la camisa, respiraba entrecortado, sudaba casi llorando, luego se miraba en el reflejo. Igual de Gordo, le decía abuelo cuando abría la puerta y lo descubría mirándose. No importa Toñito tu eres un pitcher, no necesitas la barriga para nada. Cállate. Déjame quieto. Vengan a comer, gritaba abuela. No llores Toñito. Pollo frito con papas y bizcocho de vainilla. Los hombres no lloran. Yo me ponía a llorar también
Con Abimael y Wilmer me enredé en amistades turbias de las que sólo aproveché lo que quería. Era un interesado. Lo confieso. No hay otra verdad. Me la pasé echando a un lado los gestos sensibles para convertirme en una maquinita sexual, en un ser irracional, prematuro, inmaduro, incapaz de pensar en el amor, en sentimientos, corazones, en ilusiones extrañas. Me convertí en un buscador como quien hurga en la basura buscando el aluminio de las latas de cerveza para venderlo y subsistir. Buscaba cuerpecitos desechables con los que pudiera saciar el hambre que me nacía entre las piernas. No obstante, y lo mejor de lo peor que me pasó, es que en aquel vaivén de aguas sucias, de encuentros banales, encontré por vez primera la compañía menos problemática de todas. Y es que Wilmer, por no someterme a los antojos de su confeso “amor”, terminó siendo mi enemigo y me dejó, en el transcurso trivial de su amistad fatal, el primer amigo real en mucho tiempo.

Conocí a Gabriel, un teatrero, en medio de una de esas conferencias telefónicas extrañas en las que mi famoso enemigo, con la insistencia que usó para hostigar y aborrecerme, intentaba arrancarle palabras de las vísceras a sus amigos con las que confesaran sus secretas atracciones por los hombres. ¿Y tu no haz hecho nada con tus primos? ¿No te has bañado con ellos de casualidad? Por favor, siempre pasa algo. ¿Quién no se ha tocado con un primo? Yo guardaba silencio. Estaba en medio de la conferencia pero Gabo no sabia que yo estaba allí.

-¿Nunca le has visto el guevo a nadie?-

-No.-

-¿Y no te da curiosidad? ¿Tu no sabes que un tipo sabe complacer a otro hombre, que sabe cuales son sus puntos débiles, que hace lo que le gusta que le hagan?-

-No.-

-Si no me quieres decir no me digas, pero se te oye en la voz. Tú haz estado con un macho, no me mientas. Yo lo sé. Y te entiendo. Yo he estado con algunos pero no me gusta decirlo a veces. Tranquilo. Voy a darte tiempo. En par de meses me vas a llamar y me vas a contar. Entonces me voy a reír de ti. Me voy a acordar de esto.-

No sé cómo carajos conseguía los números. Él siempre me llamaba y me dejaba en la línea para que escuchara sus conversaciones sobre cómo sonsacaba a un par de chamaquitos, menores todos, entre catorce y dieciséis. Los invitaba a tocarse, les preguntaba que qué tenían puesto. Siempre caían, desembuchaban, hablaban todo. Yo no lo creía, me daba asco, o pena, que se yo; nunca pude separarme del teléfono. Un día apareció la voz ronca de Gabriel en la línea, entre medio de la preguntadera. Pero Gabo no cedió. Fue todo un macho. No se dejó manipular. Tal vez por eso me cayó bien a la primera. Después de aquello yo siempre escuchaba las conversaciones de los dos. Me mantenía en silencio, entretenido, queriendo conocerlo. Oía cosas de su vida que se parecían a las mías. Después me convencí de que éramos iguales, que no éramos iguales a los demás. Un día Wilmer nos presentó. Hablamos los tres en conferencia. Le caí bien a Gabo, lo repitió mil veces. Y ahí el error. Wilmer no quería eso, no podía compartirme, se había enamorado de mí. Peleamos un poco, tenía celos, no quiso que nosotros habláramos si él no estaba en la línea. Lo mandé al carajo, lo insulté, corté la llamadera. Meses después Gabriel me llamó desde su casa, me explicó cómo consiguió mi número de celular, me confesó en privado una masturbación compartida con un amigo de su barrio.

Supe, a partir de aquello, que nuestra confianza alcanzó limites que ninguno de los dos imaginamos. Desde entonces fue mi amigo más real. Nos parecíamos en todo. Nos gustaba el arte, el teatro y la literatura. Nos gustaban los hombres y las mujeres; nos gustaba el ron, la marihuana, el sexo y el café. Al final también nos gustamos. Así caímos en algo que nunca se llamó carnalidad ni amor. Aquello jamás podría describirse entre palabras. Fuimos mejores amigos pero disfrutamos nuestros cuerpos con la pasión de dos amantes. Fuimos un algo; un no sé.