lunes, mayo 22, 2006

Capítulo II - (fragmento 1)

Era rutina en agosto que la universidad acogiera alumnos nuevos. Yo no era nuevo. Estaba en mi último semestre antes de graduarme. Empecé en el 1998. Para ese entonces estaba perdido, era un inmaduro, un pila de mierda que creía que se lo sabía todo. Pero la universidad me cambió. Yo no sabía nada. Un profesor de español me enseñó en las primeras semanas de mi primer año cómo preparar cócteles Molotov. La clase de español fue sobre la nación, la globalización, la ETA, sobre las alteraciones genéticas en los tomates, sobre las transnacionales, sobre la intención de la Pepsi de comprar los derechos del color azul, sobre Monsanto. Una profesora me ayudó a odiar a Shakespeare, otro me enseñó a tocarme con Pastor de Moya, un compañero me enseñó a enrolar en Payton Place y a hacer pipas con Magic Markers. Dejé de usar desodorante, quise hacerme dreadlocks, empecé a hacer graffiti, a leer de Buda y del Corán, a experimentar con el metal y la escultura. Deserté de la clase de filosofía. No me interesaba Kafka, ni Kant, Nietzsche ni Marx, ni Jacques Derrida. Fui borracho mil veces a coger mis clases; en vez de ir a las clases me iba de excursión a alguna playa. Hice amistades. Tuve amantes. Me enseñaron a leer cosas buenas, hubo gente que creyó en lo que escribía, nunca escribí sobre el amor. En 2001, un año después de Victoria, siete meses después de Sofía, tuve un encuentro furtivo con una española que vino de intercambio. Elena se llamaba. Elenita, la españolita. Una jeva alta como un poste, blanquísima, de pelo negro corto sobre las clavículas, que me enseñó un poco de poesía. Siempre andaba en faldas flamencas y en plataformas. Tenía troncos blancuzcos por piernas. Los muslos gordos. Su sexo grande, tibio, carnoso y oloroso a maní. No sé. Siempre se lo dije. A mí tu coño me huele a maní. Nos frecuentamos varias veces. Cogíamos con gula, hasta el cansancio. Me dejaba eslechao, sin sangre para el bombeo. Desarrollé con ella la técnica que aprendí en el cuarto de Sofía. Gritaba como nadie, se abría de par en par como El hombre del Vitrubio de Leonardo, con los ojos puestos en la nada, lubricando intensamente como quien abre el grifo de un barril y mana vino añejo. Pasábamos horas en su apartamento en la Calle Madrid de Santa Rita, con las puertas negras del balcón abiertas al apartamento de unas viejas protestantes que no hacían otra cosa que mirar por las ventanas a la hora del templete nuestro. Siempre cogíamos mirando hacia allá. Me daba risa. Esperábamos a que las cortinas verticales se movieran un poco y entonces Elenita les gritaba duro, desde el balcón opuesto, del otro lado de la calle.

-Envidiosas-. Decía ella arrastrando la s esa. –Apuesto a que se tocan los coños detrás de la cortina.- Hablaba y gritaba un poco más. –Venga, miren sin miedos tías que a su edad ya no se saben de estas cosas.- Y yo me reía. Me salía fuera de ritmo. Tenía que volver a ponerle la pinga en el carril.

Fue la única mujer con la que cogí mientras estuve en la universidad. Bueno, después vino Yoyes, pero fue al final, en el 2003. A Yoyes la conocí en una clase. Por confusión. Pero no mía. La clase de literatura se había acabado. Fui el último en salir. No llevaba bulto esa mañana. No me dio tiempo a reaccionar. Entró y me miró. Y la miré, pero como si mis ojos reaccionaran al magneto de su cuerpo. Tenía la cabeza rapada, era pecosa, los pechos se le translucían bajo el algodón desgastado de su camisa azul añil, la piel era entre achiote y rosado, las caderas perfectas, los ojos de café.

-Profesor, permiso, tuve un problema con la numeración del salón, además de que el salón está escondido. Con todo el respeto, pero no es mi culpa.- Escuché aquello y embrutecí. Me dieron ganas de reír pero no pude. Ella estaba seria, demasiado parada, con la frente en alto, me había dicho profesor. Intenté explicarle pero no me dejó, hablaba con una rapidez y una seguridad que impedían cortarle el argumento. Sólo la mire apendejado, medio bruto, queriendo entender por qué carajos aquella chica de mi edad, había visto en mi flacura, en mis veintitrés, la figura de un profesor de literatura. No sabía si era una broma, no sabía quien demonios era aquella chica ni de donde había salido. Pero era hermosa. Tenía actitud. Viré la cara hacia la ventana y me perdí en la Plaza Antonia, en el cuadrángulo y las palmas, entre las copas de los árboles y la torre de la universidad. -Profesor, discúlpeme, no lo quiero interrumpir, pero es que no creo que sea un atrevimiento quejarme de la mala ubicación. Yo sé que soy responsable del material, no vine excusarme por haber llegado tarde. Sólo quería saber donde estaba el salón para no volverme a perder. Y nada. Eso es todo.- No sé. Es cierto que se había confundido ridículamente y que yo no era el tipo, el catedrático, el nombre que buscaba pero fantaseé por un momento. Yo profesor. Ella mi estudiante. Fue rico. La mano alzada. Reuniones de oficina entre los dos. Se me paró. Me mató su tonito seguro y decidido; levemente jactancioso pero igualmente encantador.

-Amiga.- Lancé una leve sonrisa seductora. Siempre que estoy en esa situación la voz se me atrofia. Intento hablar claro. Termino hablando feísimo. -Acepto que el salón “queda en una de las esquinas del mundo”, pero, lamentablemente, no soy el profesor. Es una profesora y acaba de salir. Quizás te cruzaste con ella en el pasillo. La clase estuvo divina. Te la perdiste. -Hubo un silencio entre los dos, un poco incomodo. Me miró. No quiso sonreír. Me sentí estúpido soltando aquella frase. Recordé a Victoria diciéndome filosofo barato con una ceja alzada, burlándose de mí con su risita masculina, poco pegajosa, detestable. –Viste, igual no importa. Mucho gusto. Soy Andrés. Creo que nos veremos par de veces por aquí.– Extendí mi mano esperando un saludo cortés pero ella me lanzó coquetería con los ojos, dijo gracias, después, de espaldas, dijo adiós.

Lo otro fue con hombres. Con hombres duros, oloros a sudor; no loquitas afeminadas olorosas a Lolita Lempicka o a Chanel no. 5. Y yo tranquilo, robándole lo suyo, apropiándome de sus manías, de sus ganas de meterse en un gimnasio. Después fui yo el que me matriculé. Estuve un tiempo engordándome los musculos. Después me quité. Y rebajé. Volví luego. Y así; un entra y sale, como todo en mi vida. Con Isander aprendí a beber Cuba libre y Whisky, fuerte, a lo macho, para pasar por desapercibido. A Miguel le robé el temperamento, el sarcasmo insoportable que me nace cada vez que me pongo a discutir. De Andy me robé la afición por los tatuajes. Con Gabo aprendí a dejarme la barba. A Ricky le robé la forma de vestir.

Yo no había visto a Victoria desde aquella tarde de febrero en la que recién estrenaba mis veinte. Con aquella inundación catastrófica-apestosa, los dos años y un mes que llevábamos juntos, culminaron. No fue quien para hablar de frente y lanzarme, con el corazón en los ojos, o en la boca, las palabras asesinas de un amor que algún día pensamos, duraría para siempre. Nuestras conversaciones finales se redujeron al martirio de las llamadas telefónicas, donde los vocablos monstruosos, el llanto, la ironía y el sarcasmo, tuvieron doble participación. Ella se vació escupiéndome desilusiones contenidas por meses y al final, se arriesgó a perderme. Más tarde comprendí que claro, había sido yo quien arriesgó más en todo esto. Y ya no hubo vuelta atrás. Perdí así a la mujer que amé, y que amo, lo sabes, por una jodia noche donde el ron y la carne ajena me supieron conquistar. No tuve control. Yo no quería.

A principios de mi último semestre pude verla nuevamente. Agosto 2003. No sé por qué carajos pero Sofía caminaba con ella de paseo por la universidad. Me saludó emocionada. Me quedé muy quieto. Corrió un poco, estiró los brazos y me abrazó con ganas. Me confundí. Victoria no me saludó. Tampoco hizo gesto alguno. Pero no me importó, en serio. No me hacía falta. Me confundió Sofía que andaba con ella,dando brinquitos y grititos, riéndose como si fueran las mejores amigas de la infancia, como si desde niñas durmieran juntas en una misma cama, como si fueran confidentes, como las que se cuentan los secretos del amor y se echan a llorar creyendo que las cosas duelen menos cuando se comparten. Patético. Odio ese lazo entre las hembras. Aburre. Sencillamente, entre mi ex-novia y yo, no lloraron las palabras. Éramos desconocidos jugando a serlo. No invertí mi tiempo en eso. Quería cuestionarle a Sofía, quería escuchar lo que me iba a decir. Pero no me lo dijo. Tampoco pregunté. Casi ni hablamos. Nos miramos un poco. Victoria me miró. Me dolió su mirada. Me dolió saber también que guardaba armas letales bajo la piel. Quizás por eso preferí no ser muy expresivo y me limité a las preguntas ligeras de su amiga, que es la mía también. Al final me despedí de Sofía. Victoria sólo dijo adiós. Adiós a la distancia. Adiós. Sencillamente adiós. Esa maldita palabra selló nuestro noviazgo. Por eso me la repetiste aquella tarde, quizás con la intención de aplastarme cualquier ilusión que floreciera. Tu adiós me recordó mi condición de soltero, gracias, de veras, también me festejó la sutil capacidad para joder cosas perfectas.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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6:22 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

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12:30 p. m.  

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