sábado, mayo 20, 2006

Capítulo I - (fragmento 3)

Luego del portazo de despedida, sonaron a lo lejos los besos del motor. Me quedé muy quieto; imaginando actos donde pudiera desprenderme de aquella olla de explicaciones fallidas. Luego de un lapso, toqué mis labios gordos como quien busca en una boca las palabras que no se han podido digerir. Supe, a partir de aquel momento, que tendría como prioridad restaurar los lindes rotos en instantes. Supe, desde entonces, que Victoria no me creyó en lo absoluto y tuve, a modo de pinchazos finos en el corazón, la duda inmensa de si mis secretos habían sido descubiertos. Me levanté de la mesa y me encerré en la cocina. Serví otro café. Me gustan sin azúcar. Abuela decía que el que bebe café amargo se le endulza la vida. Me da igual. Nunca le creí. Yo no creo en esas cosas. Volví al comedor. Me senté en silencio. No sé cuantos minutos perdí embobado mirando el aguacero tras el cristal. La cuneta se había vuelto un lago. Los muchachitos de mi calle corrían descalzos, como locos, brincaban sobre el agua provocando explosiones, la recogían en cubos y después se la tiraban como si fuera agua de manantial. Leí una vez un cuento de Pedro Juan en el que describía las aguas del Quibú. Cuando era niño él creía que todos los ríos del mundo eran de mierda, por eso cuando vio un río, con agua de verdad, cristalino, tuvo que pararse en un piedra y preguntar en voz alta cómo era posible separar lo uno de lo otro. El agua de la cuneta no es marrón, es cierto, pero apesta y ellos juegan ahí, se tiran agua a la cara, se relamben y sonríen sin saber. La infancia es inocente. A veces duele, a veces no. A veces es mejor jugar, y corretear y joder por todos lados.

Los muchachitos desaparecieron, subieron calle arriba, quizás buscando el manantial, quizás quieren aprovechar el declive de la calle para tirarse en una balsa. Creo que ellos saben dividir las aguas. Quizás hay instrucciones en Internet. Me levanté, busqué el CD rosado de Miles Davis que le había robado a mi hermana un día de esos que no recuerdo y lo coloqué en la boca del estéreo. La casa se inundó con lo mejor del jazz. Cuando escuché el preludio de los monólogos de trompeta, subí a mi cuarto y me dejé caer sobre la cama. Creo que después no me hubiera podido levantar aunque quisiera. Estaba hundido en el matre, con algo parecido a una parálisis. Allí, inerte, tendido boca arriba, me bañé con la llovizna de otro cielo que sabía, olía, a mis encuentros predilectos. Me vi a mis dieciséis años estrenando la Trooper azul de un compañero de la escuela. Escuchábamos una canción de Shaggy. Nos mirábamos muy poco. Masticábamos chicles de mentas. No eramos tontos. Sabíamos lo que venía. Alzó la mano venosa, me la enroscó detrás del cuello, le toqué la cara, aun imberbe, y nos besamos con deseo. Era de noche, como las nueve. Estábamos estacionados bajo los árboles de corcho junto a la plaza de recreo. Mi puerta daba a la puerta inmensa de la iglesia. You are my angel. Me tocó por debajo de la camisa. Posó sus dedos sobre el zipper de mi mahón. Abrió el botón. Olió el detergente de mi calzoncillo. You are my darling. Metió su mano aspera. Saboreó lo mío.
Yo no sabía nada de la vida para ese entonces pero la vida en ese instante se me convirtió en un cosquilleo, en el roce leve de sus dientes sobre el glande, en una quemazón que me salía por la boca. Shaggy cantaba de fondo. El coro se nos repetía. Yo miraba a todos lados, paranoico, buscando las sirenas azules de la policía que resonaban en mi mente, evitando que los carros aburridos de la noche se detuvieran y miraran adentro de la guagua por curiosidad. No aguantaba. No sabía la magnitud de lo que yo tenía entre las piernas. Necesitaba tocarme pero no podía. Era un adicto. Él seguía allí, hundido. Su pantalón hervía. Le desabroché la correa con dificultad. Palpé su calzoncillo como todo un aprendiz. Aun lo toco con mis dedos. Me sé el engranaje de los hilos, de la fibra, los agujeros de la aguja y la costura. Sentía los cuadritos microscópicos de la tela, después sentí el ardor, su bulto enorme hacia la izquierda, mi trago espeso en las fauces de su boca. Morí. No me avisaron. No sé que día fue. Soy malo para las fechas. Pero morí. Lo juro. Nadie me dijo que yo soltaba blanco de la misma forma en que soltaba el amarillo. En casa me hablaron de sexo, del anal, del oral, del vaginal. Me hablaron de la pose del chivo, de la columna africana, de la posición coclear, de la número veinte, de la perruna, de la sesenta y nueve, de la cuarenta y dos. Sabía todo pero nunca me dijeron que yo meaba blanco, que la fricción y el sube y baja de una mano provocaba tantas cosas poderosas. Creía que eso del mete y saca era algo estrictamente automático, que terminaba en el momento en que cualquiera de los dos se aburriera, se rindiera, se durmiera o no aguantara más. No supe lo que era una masturbación, una eyaculación o el coito hasta mis dieciséis. Antes de eso me habían hablado de lo mecánico; de lo básico sin bases. Por eso me aterré cuando vi aquel blanco viscoso en la boca suya. Él me explicó. Quedé encantado. Luego el adicto fui yo.

Perdóname Victoria. De veras. Yo hubiera querido ser lo querias. Pero no pude. Te mentí desde el principio. Tu no me estrenaste. Me estrenó un amigo mío, el rubio, Waldemar, de todos mis amigos el mejor que te caía, el mismo que creías que quería seducirte, el mismo que nos llevó tantas veces a pasear por Isla Verde en una Trooper apestosa. Pero es verdad que yo te amé y que te amo todavía, en presente, igual que lo amo a él, no a Waldemar sino a Ricardo. Quizás no me perdones ni me entiendas, y no me importa, el desahogo me obligó a escribir. Aquella tarde fue una mierda. La lluvia me pone nostálgico, por eso la aborrezco. Lloré un poco. Maquiné. Me vi entre escenas porno, experimentando los placeres de carnes gemelas, con las ganas de vomitar cada vez que me metía en el cuerpo de los hombres, cada vez que me besaba con dos lenguas. Al principio era así. Lo juro. Yo no quería. Yo sé que no me entiendes. Los hombres nunca me gustaron. Me gustaba su virilidad, el ego ese que me faltaba, que me hacía menos, en el gesto, en el caminar, en el olor del cuerpo, bajo las axilas. Acostarme con ellos era algo parecido a robar. Y robé. Robé demasiado. Robé por ti, antes de estar contigo y después, por que tú eras mujer, todo lo que quise siempre, porque quería estar a tu altura, para que me presentaras como querías frente a tus amigos del colegio, frente a tus tíos que secreteaban mi fragilidad, frente a tu hermana que a veces se confundía y me decía chica en vez de chico, frente a tu mamá que me trataba como a otra hija. Yo quería robarle esa virilidad para hacerme el hombre que mi madre quiso tener, para que las cosas contigo y con las hembras me salieran. Y lo logré. En serio. Después de ti... Y antes que Ricardo.

3 Comments:

Blogger Glifo said...

wao. me he leido los tres fragmentos que llevas hasta el momento, de un tiron. en esta mañana de domingo. me senti con un buen libro entre las manos. es que tus letras atrapan, envuelven, involucran al lector. me gusta la trama, la agilidad, los temas y las imagenes que dibujas en la mente de quien te lee. me ha gustado mucho, desde hoy estoy comprometida con este blog.

9:40 a. m.  
Blogger Frida, la gata maligna said...

secundo a glifo, realmente me ha gustado, hasta sentí los olores rancios. seguiré entrando. me los leí de un tirón. y me quedé con ganas de más.

1:27 p. m.  
Blogger M. said...

Cade vez mejor. Saludos, Monón

12:08 p. m.  

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