sábado, mayo 13, 2006

Capitulo I - (fragmento 1)

Sonó el celular y ya estaba jodido. Pero no lo supe en ese instante. Lo supe después. Cuando sonó el celular yo sólo abrí los ojos al descuido. Después interrogué el perímetro blancuzco de la habitación con la misma agitación de una preadolescente que despierta en un cuartucho que desconoce. La arritmia y el vomito se entrecruzaron. La insistencia del maldito timbre me desorientó. Me atraganté. No pude reaccionar. Tampoco tuve tiempo para memorizar en donde estaba. Alcé los ojos. Se escuchaban pasos tras la puerta. Embrutecí. Estaba desnudo y lagañoso. Eché las sabanas a un lado. Me levanté. Un espejo enorme, parado sobre las cerámicas del piso y recostado en la pared de enfrente, me miraba sin hablar. Las carnes se veían tiesas, sin color. Estaba ojeroso, más flaco que nunca, sudado. Luego los pasos. La cerradura. Volvió a sonar. Escarbé la tierra lila de la cama. Seis timbrazos más tarde lo alcancé. Colgó. En ese instante me quedé muy quieto, como quien invierte el tiempo elucubrando explicaciones que no convencerán. No tuve piezas de rompecabezas para poder armar mi historia. Nada parecía familiar. Tampoco sabía donde estaba. La puerta se abrió. Se me extravió el aliento. Parado bajo el marco de la entrada apareció un tipo del que sólo recordaba el cuerpo. Me regaló un silencio incomodo, de lascivia y de sonrisas, y me habló. No supe lo que dijo. Mareo. Comprimí el culo. Tragué. La escena se redujo a la estridencia gorda de mis pulsaciones. Las lenguas del estomago se me enroscaron. Doblé las piernas, me agaché despacio, junté la ropa que el alcohol había regado sobre el piso y me encerré en el baño que se abría junto a una mesa con mil velas y dos Budas de papel. Me senté en el inodoro. Todo estaba a oscuras. No hubo diferencias climáticas entre el hielo de la porcelana y los hielos que corrían por las venas. La puerta negra se hizo foco de los ojos. Los ojos querían ver tras ella. Sabía que él seguía allí, que me esperaba bajo el marco de la entrada, con gula, frotándose la vena sobre el blanco de su calzoncillo, invitándola a crecer. La luz del cuarto se colaba por debajo de la puerta. Prendí el interruptor. Me toqué con prisa. No vi rojo entre los dedos. No sentí ningún dolor. Me miré el espejo del baño. Supe entonces que el treintón, de muslos gordos y velludos, no me había socavado. Respiré profundo, me escondí bajo la lluvia hirviente de la ducha, quise hastiarme con la espuma del jabón. Cuando supe que no quedaban rastros de mi noche entrecortada, de mis episodios borrados por el ron, me vestí, busqué mis llaves y el celular, y sin palabras prometedoras ni despedidas memorables, salí de aquel apartamento, con olor a sexo agrio y a perfume rancio indescifrable como quien sale de prisión y ve por vez primera el sol después de una perpetua.

En el carro era otro quien guiaba. Tenía la manos puestas en el volante pero la mente en la noche anterior; y en Victoria. Olvidé llamarla, pero preferí llegar a casa. Lo primero era dormir. Lo segundo era mentirle.

Ese 16 de febrero la isla amaneció gris. Parecía como si el cielo hubiera amanecido techado con un cemento oscuro, abandonado, lleno de musgo y costra negra. En algunas partes las goteras se habían convertido en un diluvio bíblico. En otras, la luz rugía y centelleaba sobre el mar, sobre los autos estancados en la calle, sobre las torretas de apartamentos amontonados entre Santurce y Miramar. Las gotas buscaban complicarlo todo. Las sombrillas corrían entre aceras. Faltaba escupir para hundir bajo las aguas a San Juan. Hice maniobras entre el sueño y el tapón para evitar el caos del aguacero. Odio la lluvia. Odio mojarme casualmente. Y lo evité, hasta que se me ocurrió bajarme del carro frente a la entrada de mi casa. Tardé más de lo quise. Las alcantarillas de la calle estaban desbordadas. Las llaves se cayeron en el río hediondo que bajaba por la cuneta.

Adentro nadie me esperaba. Mi madre había salido de viaje a la Florida con su maridito albino. No volverían en una semana. Traspasé la entrada principal y crucé la sala, a mano derecha, con sus muebles feísimos, europeos, blanco hueso y azul. A la derecha está el comedor. Al fondo del pasillo rojo, donde están colgadas las genealogías familiares, está la cocina que heredamos de mi abuela. El otro día, hablando contigo, te dije que era esa mi parte favorita. Y es cierto. Mis mejores recuerdos de la infancia nacen ahí. Hurgué la nevera un poco. Estaba vacía. Alcancé un galón de agua fría y bebí. Tenía una sed vieja, la garganta ardía en fuego después de tanto ron. Sobre la nevera, el celular volvió a sonar. Busqué un poco de harina. Preparé café. Era ella. Me volví una mierda. Dudé. Quería y no quería. Jodía tanto. Debatí entre contestarle o dormir. Dormir ganó. La llamo luego, pensé. Duermo un poquito, me doy un baño, me lavo la cara diez veces, después le digo miamor. Sabía que estaba rabiosa. La dejé plantada, vestidita y alborotada como le decía mi madre a mi progenitor. El acuerdo fue celebrar mi cumpleaños, de la manera más intima y especial posible, dijo, pero no pudo ser. Y yo entiendo su rabia. Claro que no pudo ser. Once horas desaparecido. Despertar en una cama donde se había jugado entre dos hombres.

5 Comments:

Blogger M. said...

Interesantísimo

1:19 p. m.  
Blogger m.a.r.i.c.a.r.m.e.n. said...

Me pregunto q pasa despues

8:12 p. m.  
Blogger nicolececilia said...

sirena selena meets brokeback mountain

12:49 p. m.  
Blogger Ana María Fuster said...

Cautivador... el cap. 1, fragmento 1... voy a leer con calma lo siguiente y te comento... i like it...
gracias por tu visita a mi blog, espero que sigamos en contacto.

7:26 a. m.  
Blogger Gajuca said...

Muy buen ritmo. Buenas imágenes. La última línea me parece completamnete innecesaria.

3:23 p. m.  

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